Skribee
Entre Rosas y Espinas

Cáscaras de Huevo

by Mauricio Amione

Recalcaré de nuevo que durante las próximas anécdotas encontrarás saltos temporales y una aparente desconexión cronológica. Esto no es casualidad. Narrar las interconexiones caóticas de esta historia es una tarea abrumadora, similar a desenredar una maraña de telarañas mentales que, tras una ruptura, rara vez tenemos la fuerza o el deseo de organizar. Ese mismo caos representa fielmente cómo mis interacciones con esta persona se fueron tornando cada vez más confusas, difíciles e imperceptibles. Muchas de estas conexiones se revelaron con el tiempo, cuando comencé a desmenuzar cada recuerdo, cada palabra, cada gesto. Solo entonces, al clasificar y analizar los hilos de esa telaraña, pude comprender con qué estaba lidiando realmente. Este relato, por tanto, no sigue un mapa lineal, sino el de una mente reconstruida.

A diferencia de mi analogía de los peces, una vez que caes en el anzuelo, el golpe no es inmediato. No saltas a la superficie y el abusador te grita: “te atrapé”. Al contrario, te drenan lentamente. Te cincelan hasta que te conviertes exactamente en lo que necesitan: un proveedor constante de tiempo, atención, validación y recursos, sin recibir nada a cambio.

En inglés existe un término para esta fase: walking on eggshells —caminar sobre cáscaras de huevo—. En español solemos decir “tratar a alguien con pinzas”, pero ese término se ha diluido con tantos otros usos que ya no transmite lo mismo. Prefiero evitarlo. Esta fase ocurre cuando ya no eres esencial. Cuando tu presencia solo se justifica por funciones específicas y delimitadas. Cualquier otro gesto, pensamiento o sueño no es tolerado.

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Ejercicio

No recuerdo algún día en el que intentara mejorar algo de mí y ella me lo prohibiera abiertamente. No funciona así. Si fuera tan evidente, sería fácil salir de la situación. Siempre comienza pequeño y crece gradualmente, sin que te des cuenta.

Nunca fui la persona más constante al hacer ejercicio, pero siempre lo disfruté y, lógicamente, me hacía sentir bien. Cuando éramos novios y comenzamos a vivir juntos, la invité a hacer ejercicio conmigo. Quería que los dos lleváramos una vida saludable. Mi error fue demostrar que tenía mejor condición física y coordinación con ejercicios más avanzados en los que ella no podía seguirme el ritmo. A los diez minutos comenzó a llorar, enojada. Según sus palabras, “era mejor que ella en algo” y había elegido intencionalmente ejercicios que ella no podía hacer. Después de eso, nunca volvimos a realizar el mismo ejercicio juntos. Tampoco aceptó mi ayuda para adaptar rutinas que fueran sencillas para ella. Poco a poco, hacer ejercicio se volvió una actividad solitaria para mí. Intenté incluirla de distintas maneras: salir a caminar, hacer yoga juntos, incluso ir a un gimnasio en lugar de ejercitarnos en casa para tener rutinas distintas pero motivarnos en conjunto.

Por un tiempo, funcionó. Hasta que un día, en medio del gimnasio, se desmayó. Al principio no parecía tan extraño. Solía decir que sufría de baja presión, pero esta vez fue diferente. La escala del episodio fue inusualmente dramática: se desplomó sobre una máquina de ejercicios, atrayendo la atención de todos. Yo me encontraba en otra área del gimnasio cuando me llamaron para atenderla. Ella se encontraba junto con otras personas y algunos familiares míos que también se ejercitaban en el mismo lugar.

Hoy me resulta curioso, especialmente ahora que he convivido diariamente con mi abuela de noventa años, quien sufre de presión baja. He presenciado sus episodios, la forma en que se manifiestan, su intensidad, y la manera en la que se recupera. Son reacciones lógicas, coherentes. En cambio, lo que ocurría con ella siempre tuvo un tinte extraño. Más aún considerando que, tiempo después, jamás volvió a tener problema alguno de presión.

Al final, cuando nos mudamos a Mérida en el último año de matrimonio, entre miradas y comentarios pasivo-agresivos como: “¿Jugamos algo? Ah, no, vas a ir al gimnasio, ¿verdad?”, hacer ejercicio se volvió pesado y desgastante. Pero algo dentro de mí sabía que las cosas no estaban bien. Necesitaba mantenerme en buena condición física, ya que mentalmente me sentía destruido. Por más difícil que fuera, lo hacía antes de que ella despertara, antes de comer o mientras hacía sus transmisiones en vivo. Así no le quitaba “su tiempo de mí” una vez que terminaba.

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Cumpleaños

¿Recuerdas que mencioné lo importantes que eran los cumpleaños para mí? ¿Cómo el hecho de que la gente no asistiera marcó una etapa significativa en mi vida? Todo esto se lo conté también a ella. Para este punto ya es evidente que no suelo esconder ni mi pasado ni mi presente. Hablo claro y pongo las cartas sobre la mesa. Los límites de esa apertura fueron probados desde temprano: en los primeros cuatro años de la relación faltó a tres de mis cumpleaños.

Claro, el quinto año me ayudó a organizar una de las fiestas más agradables que he tenido. Y como buena persona que justifica, esa experiencia “perdonó” los eventos anteriores, fue como poner un parche sobre una herida profunda. A esto se le conoce como refuerzo intermitente o recompensa impredecible, y es la misma razón por la que los casinos son tan adictivos y exitosos. Una sola buena noche puede hacer tolerables meses o años de pérdida.

El sexto año, ya casados y cerca del fin de la relación, volvió a ausentarse, esta vez con la justificación de que, de cualquier forma, a mí “no me importaban” los cumpleaños. Otra vez me encontré tratando de entender, justificando: Tal vez pensó que no era tan importante porque dije que el día específico en el que lo celebro no era importante. Consideré reorganizar la fecha, moverla, o adaptar mi cumpleaños para ella, pero para ese punto, simplemente preferí no celebrarlo. Porque cada vez que ella fallaba, que no se presentaba, terminaba explicándome por qué en realidad era yo quien había fallado.

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Dinero

El dinero es un tema sensible en cualquier relación. En la nuestra, al principio, no fue un problema. Ambos teníamos buenos ingresos. Su trabajo, al igual que el mío, le dejaba una ganancia considerable, y nunca nos faltó nada. Dividir gastos era sencillo. No había que pensarlo demasiado.

Sin embargo, como su trabajo requería que trabajara casi todos los fines de semana, con el tiempo decidió reducir su carga laboral. Siempre vio el trabajo como un simple escalón hacia la libertad: la forma de conseguir lo que realmente quería. Lo que nunca imaginé era que sería de esas personas que ven absolutamente todo como un escalón.

Mi sueño, desde siempre, fue vivir cerca de la playa, en una casa propia. Ella conocía perfectamente ese sueño. Desde nuestra primera cita hablamos de lo poco que nos gustaba vivir en la ciudad donde nos conocimos, y de cómo queríamos algo mejor para el futuro. Le conté mis planes, mis objetivos, y la ruta que quería seguir para cumplirlos y, aparentemente, sus planes se alineaban perfectamente con los míos.

Su familia no es de muchos recursos económicos. Ella se convirtió rápidamente en el orgullo de su padre. Tengo la impresión de que él también la veía como un escalón: como un medio para recuperar o alcanzar algo que no tuvo. No pasó mucho tiempo antes de que ellos comenzaran a utilizar nuestra casa como estudio de fotografía en fechas importantes. Yo acepté por la presión económica de los planes que teníamos: ella quería un viaje fuera del continente cada año, seguir mejorando la casa donde vivíamos, comprar una camioneta y, con el tiempo, tener una casa en Mérida.

Nunca se me pidió nada de esto de forma explícita, pero la presión estaba ahí, constante y silenciosa. Todo esto se fue acumulando y pesando sobre mí. Yo me encontraba encariñado con Mérida años antes de conocerla. Al hablar de nuestros planes, le compartí mi visión. Mérida era una opción cercana y podíamos viajar fácilmente para visitar a nuestra familia o amigos. En ese entonces, y me parece aún, era considerada de las ciudades más seguras del continente, incluso más que cualquier ciudad estadounidense. Las áreas naturales, cenotes y playa cooperaban con el enamoramiento que ambos, o quizá únicamente yo, teníamos por la naturaleza. El estilo de vida tranquilo, poco superficial y el hecho de ser una ciudad turística se unían para crear una sociedad más culta y abierta a las artes, pensamientos distintos y oportunidades amistosas de aprender de otras culturas. Esto sin mencionar que la comida es excelente. Tras un par de visitas, aparentemente pudo ver lo que yo veía en aquella ciudad y aceptó mi visión de comprar una casa ahí. Ya sea para vivir o como inversión para nuestro futuro.

A pesar de que logramos prácticamente todos los objetivos que nos propusimos, excepto comprar la camioneta, ella contribuyó económicamente en uno: la remodelación de la casa de mis padres. Esta casa, ubicada en Monterrey, funcionó primero como mi oficina durante los tres años anteriores a conocerla, y después se convirtió en nuestro hogar durante otros cuatro.

Negociamos con mis padres un acuerdo. En lugar de pagar renta, restauraríamos la casa. Sería un beneficio mutuo. Nosotros disfrutaríamos de una casa amplia, remodelada a nuestro gusto, sin pagar renta, y mis padres recuperarían una propiedad en mejor estado. Al principio, ella aportó a ese proyecto, pero con el tiempo dejó de hacerlo, y la carga financiera terminó recayendo únicamente sobre mis hombros. Fue también en ese periodo cuando comenzó a disminuir su empleo formal y a explorar lo que describía como su verdadera pasión: el streaming.

En ningún momento me negué ni le puse un alto. Entre mi empleo y algunos proyectos externos, podía mantenernos sin necesidad de que ella contribuyera. Hablamos de varias maneras de manejar el dinero: tener una cuenta compartida, o que yo le diera el dinero para que ella lo administrara. Pero me repitió en varias ocasiones que no quería perder su sentido de independencia, ni convertirse en una “sampetrina con la tarjeta del esposo”, como decía.

Así que acordamos lo siguiente: sus trabajos de fotografía —sesiones en fechas especiales como San Valentín o Navidad— y los ingresos del streaming, aunque eran muy bajos, serían exclusivamente para ella. Yo me encargaría del resto. Con el tiempo, sus ingresos continuaron disminuyendo. El streaming se convirtió en todo para ella. Su adicción a la fama y los llamados de la gente la consumieron por completo.

Como mencioné en el capítulo anterior, estas actitudes son predecibles y traducibles a distintas culturas y épocas. He conocido distintas relaciones en las que esta misma situación se ha repetido al pie de la letra en temas de dinero y de uso de redes sociales a costa de la persona que provee, sin importar el género.

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Enfermedad

La enfermedad es otro tema igualmente delicado. Existe ese viejo cliché de que los hombres actúan como si se estuvieran muriendo cuando se enferman, mientras que las mujeres aguantan con valentía. En mi caso, no fue así.

No puedo confirmar ni negar muchas de las enfermedades que mi expareja decía tener. Solo puedo relatarlo desde mi experiencia. Sufría de migrañas constantes, resfriados frecuentes, una condición que le impedía percibir la profundidad, por lo que no podía conducir, bajones de presión, entre otras cosas. Los días de migraña la incapacitaban por completo. Si tenía algún pendiente, como cocinar o trabajar, simplemente no podía hacerlo. Pasaba la mayor parte del día en cama, y yo hacía lo posible por atenderla, muchas veces a costa de mis propias responsabilidades laborales.

Rara vez hubo una crítica directa sobre cómo me comportaba en esos momentos. Pero no faltaron los días en los que sentí que mi esfuerzo no era suficiente. A veces, tenía que llamarle a su padre para que viniera, porque “él sabía cómo cuidarla” y yo, aparentemente, no. Esa frase “no eres suficiente” no siempre se dice en voz alta. A veces está en las miradas, en los silencios, en las llamadas que se hacen delante de ti. Esos pequeños golpes son los que, con el tiempo, terminan por romperte.

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Sexo

Existe una frase mundialmente conocida: “uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. Pero con el tiempo descubrí otra verdad aún más brutal: uno no sabe lo que nunca tuvo… hasta que finalmente lo consigue.

Cualquiera que haya vivido una situación de abuso sabe cuán fácil es manipular a través del sexo —controlar, castigar, recompensar—. Tanto hombres como mujeres lo hacen. Mi caso no fue distinto. Durante el sexo, el ego no puede esconderse. Es ahí donde, muchas veces, la máscara se cae por completo. Uno comienza a sentir que se puede tener sexo sin intimidad, que puede convertirse en una herramienta para validar inseguridades, para dominar, para alimentar una narrativa interior que nada tiene que ver con el amor. Recuerdo vivamente frases como:

—Yo sé que soy la mejor, ¿por qué tú no me lo dices?

—Siento que tener sexo es como un trabajo.

Y ciertamente se sentía así: como una obligación. Sin emoción, sin ternura, sin alma. En ese momento, no lo entendía. Pero ahora sé que esos eran los instantes en los que podía verla de verdad, podía observar sus ojos y ver… absolutamente nada. Una mirada vacía, una persona que simplemente seguía el guion para obtener lo que quería. Nunca hubo abrazos después, ni charlas de almohada, ni una sola muestra de vulnerabilidad de su parte. Le era imposible. La relación pasó de ser sexualmente activa a esporádica, y finalmente a nula.

Y, a pesar de mis intentos por abrir un lazo de comunicación, los problemas siempre, inevitablemente, se apuntaban hacia mí. No era el estrés, no era el cansancio. Era que yo tenía que bañarme primero, y si me tardaba, se le iba la “chispa”. O que, al besarla, decía que me olía la boca, halitosis, algo que nunca antes había sido un problema. Aun así, lo tomé en serio. Después de todo, reconocía que nuestra vida sexual estaba en decadencia, y tomé absoluta y única responsabilidad en solucionarlo. Consulté con tres dentistas distintos, buscando una solución, una causa, algo que corregir. Ninguno encontró problema alguno. Puedes imaginar mi sorpresa cuando, tiempo después, al atreverme a salir nuevamente, esta vez con una dentista, ella tampoco encontró absolutamente nada fuera de lo normal.

Cuando solucioné cada queja y ya no hubo más excusas, simplemente me dijo que no se sentía aceptada por mí, que no creía que la quisiera, que no se sentía lo suficientemente atractiva porque no la admiraba como debería. A pesar de eso, constantemente me hacía sentir conflictos por mi físico, seguramente intentando mejorar su autoestima. Frecuentemente me comentaba que si comenzaba a mostrar indicios de calvicie ella me dejaría. En un comienzo me reía, pero ella me callaba diciendo “Lo digo en serio”.

Sugerí terapia de pareja múltiples veces. Todas fueron rechazadas. Su razonamiento era claro:

—Si vamos a terapia, vamos a terminar peor, o hasta divorciados.

La ironía de eso no se me escapa.