Skribee
Entre Rosas y Espinas

Escape

by Mauricio Amione

Siempre me había burlado del cliché al final de las películas de terror: cuando los sobrevivientes respiran como si todo hubiera terminado, y todos sabemos que no es así. Ya no me río. Pensándolo ahora, fue iluso creer que esta persona me dejaría ir fácilmente, que vería sus errores y buscaría mi perdón. O, en el peor de los casos, que al menos la vergüenza sería tan grande como para que evitara siquiera verme a los ojos y desapareciera de mi vida.

Al día siguiente, sus cosas estaban en mi cocina. Pero sabía que algo podía salir mal, que esta era una persona desconocida para mí. Guardé los documentos importantes en el cajón al lado de mi cama, apunté las cámaras de la casa hacia la entrada y la cocina, y esperé. Mi tía y sus hijas ya se habían ido por la madrugada y mi familia llegaría en pocas horas. Ella llegaría al mediodía para recoger sus cosas.

***

Insistí en que mis padres no llegaran en taxi a mi casa y en que fuera yo quien los trajera del aeropuerto. Quería darles la noticia en persona y evitar cualquier conflicto entre ellos y mi ahora exesposa. No sabía cómo decírselo, pero no soy alguien que se anda con rodeos. Fui por ellos al aeropuerto, los abracé, subieron al auto y, con voz calmada pero seria, les dije:

—Les tengo que decir algo. Por favor no se burlen y no me lo restrieguen, no quiero un “te lo dije”. Solo quiero su apoyo y su cariño, ¿está bien?

—Ok, claro —respondieron, asustados.

—Me fue infiel y ya no está en la casa, va a pasar por sus cosas en una hora.

Mis padres, de inmediato, me ofrecieron todo su apoyo. Me dijeron que no querían verla, dejarían sus maletas en mi casa e irían al supermercado mientras las demás personas que estarían con nosotros en el viaje llegaban a la ciudad y yo atendía la situación. Me preparé, dejamos las maletas en la sala y le envié un mensaje a ella diciéndole que podía ir a la casa.

***

Una hora después, solo en casa, escuché que tocaban la puerta. Parte de mí tenía algo de esperanza, ¿sería un simple “perdón”? Uno de nuestros amigos, César, con quien al parecer había hablado durante la noche, me había dicho que ella estaba dispuesta a hacer lo que fuera por recuperarme. O, siendo honestos, por no perder todo lo que obtenía de mí.

Abrí la puerta. Lo primero que vi fue la cara de su madrastra. No me vio a los ojos. Le dije “hola” pero no respondió y entró a la casa, haciéndome a un lado. Luego la vi a ella, había ira en su rostro. Y, finalmente, el papá. Con él, en un principio, esperaba poder explicar lo sucedido.

Ella y la madrastra comenzaron a reorganizar las cosas. Molesta, anunció que le había “revuelto todo” y “tocado sus cosas” al ponerlas en maletas. La noche anterior me había dicho que la estaba tratando como una criminal, que no era una mala persona. Pero yo solo veía a alguien falsa, dispuesta a cualquier cosa con tal de salirse con la suya.

Mientras recogían, el papá se acercó a mí. Con tono fuerte, levantando el mentón y sin verme directamente, me dijo:

—¿Tienes algo que decir?

Sabía que había cámaras, que tenía que mantenerme fuerte ante cualquier reacción. Mis manos temblaban. Las ganas de gritarle todo lo que sentía me emborrachaban, pero contesté:

—No.

—Te voy a dar una última oportunidad para decir algo —insistió.

No le tenía miedo. Quería que hiciera algo, que me diera una excusa para explotar. Al parecer él ya lo había hecho antes de llegar a mi casa.

Le respondí:

—Lo único que puedo decir es que esto está sucediendo porque su hija me fue infiel.

—¿Tienes pruebas? —me contestó.

—Sí —fue todo lo que le dije.

No quería que ella supiera cómo lo sabía. Aún tenía acceso a su cuenta. Esa misma noche había leído sus mensajes con su amante, donde, vulgarmente, decía que “la habían atrapado”.

***

Regresando al presente, el padre fue callado por la madrastra, al parecer la única sensata de los tres. La única con la capacidad para entender que la situación no se encontraba a su favor, o que no se había dado cuenta de quiénes eran su esposo e hijastra.

Mi aún en ese entonces esposa, furiosa, me gritaba que no tenía derecho a tocar sus cosas, que “esta era su casa”. Le recordé que la casa era mía. Ella respondió:

—Eso lo vamos a ver.

El padre seguía acercándose y yo me alejaba. Evitaba su enojo mientras él repetía que “en su mundo no pasan estas cosas”. Finalmente, soltó:

—Esto se arregla en pareja.

Intentando ser lo menos conflictivo posible, sabiendo que todo el suceso se estaba grabando en mis cámaras, pero dejando claro mi desagrado, dije:

—Que lo arregle con su pareja.

Ella volteó con furia:

—No puedo hacer esto si estás aquí, lárgate de la sala.

No me lo tuvo que decir dos veces. No sabía cuánto más iba a soportar en calma.

***

Encerrado en mi cuarto, aproveché para contarles a mis padres lo que estaba sucediendo. Mi mamá poco tiempo después me dijo que, junto con mi tío, tuvieron que detener a mi padre porque quería, en sus palabras, “Ir a partirle la madre a ese señor”.

Mientras tanto, los escuchaba hablando y empacando. Desde mi cuarto la escuché decir que en el futuro vendría a llevarse a todos los gatos. De pronto, empujó la puerta de mi cuarto y entró para robar una de mis maletas que había separado para mí —después de todo el resto tenía sus pertenencias— y mi laptop sin decir una palabra. Simplemente la dejé tomar todo. Estaba dispuesto a pagar el costo por acabar con esto rápidamente. Además, la laptop que se llevó no era la única que tenía su cuenta. Terminaron de empacar lo que pudieron y se fueron, azotando la puerta. El evento solo sirvió para recordarme, con una claridad dolorosa, el tipo de personas con las que estaba tratando.

Tiempo después, llegó incluso a decir que no recordaba dónde había dejado su anillo de compromiso, un anillo con un diamante que mi padre me había regalado. Para mí, no tenía un gran valor sentimental, pero ella no lo sabía. Lo único que conocía era que venía de mi familia y que me lo habían confiado. Aun así, con la frialdad de quien pide una taza de café, me exigió que lo buscara para venderlo.

No lo encontró, pero no hizo falta. La herida ya estaba hecha. Para ella, no había nada sagrado. Ni los recuerdos, ni los símbolos, ni siquiera aquello que llevaba la huella de mi familia. No solo había intentado quitarme un anillo. Había intentado arrebatarme la última ilusión de que alguna vez había sido mío su respeto.