Skribee
Entre Rosas y Espinas

Un Mensaje Inesperado

by Mauricio Amione

Durante la espera de la audiencia de divorcio ocurrió algo que me tomó por sorpresa. Sabía que la relación entre mi exesposa y su amante no sería sostenible, que inevitablemente terminaría mal. Pero lo que nunca imaginé fue que él —la persona con la que ella formó esa relación, a quien, de ahora en adelante, llamaremos René— me buscara tras su ruptura. Y mucho menos, todo lo que me diría.

En su primer mensaje, varios puntos se me quedaron grabados. Admitía haber sido “un trampolín”, usando esa palabra como metáfora de su papel en la transición de ella entre una relación y otra. En psicología, hay un término más crudo para eso: monkey branching, una estrategia común en personas narcisistas, que describe el acto de no soltar una relación hasta tener otra segura a la que aferrarse.

Lo que más me sorprendió no fue su confesión, sino la forma en que la hizo. Su mensaje era informal, poco estructurado, y mostraba una expectativa de juicio de mi parte. No pidió perdón, ni mostró remordimiento. Solo lamentaba no haber recibido el cariño que esperaba. Me quedó claro que estaba hablando con alguien que aún tenía mucho trabajo interno pendiente, con una madurez emocional limitada. Aun así, decidí dejarlo pasar y le respondí:

—No te preocupes, no te tengo rencor. Al contrario, te doy las gracias. Gracias a lo que pasó, pude salir de una relación muy abusiva. Si no hubiera sido contigo, habría sido con alguien más. Si necesitas hablar, aquí estoy. No significa que no tengas responsabilidad de lo que pasó, pero no pienses que te odio.

Él continuó justificándose. Me dijo que al principio le creyó todo lo que ella decía, pero que con el tiempo empezó a dudar. En un intento de redención, me ofreció su apoyo para cualquier proceso legal que pudiera necesitar. Lo curioso fue que, en lugar de expresar arrepentimiento directamente, su sentido de justicia parecía transaccional: como si quisiera compensarme por lo que había hecho. Me pareció extrañamente frío. Pensé en los samuráis, que ante la deshonra practicaban el harakiri como una forma de expiar su culpa. Pero esto no era honor, era confusión.

Le envié un segundo mensaje de voz y le dije que no necesitaba redimirse conmigo. Que entendía que había creído en su versión y que también le deseaba lo mejor, pero parecía necesitar seguir hablando. Me preguntó si ella siempre había sido así. Si su narcisismo siempre había estado presente. Dijo que ella jamás aceptó la culpa de lo que había pasado conmigo, ni de lo que ocurrió con él. Acompañó todo eso con una imagen. No sabía qué esperar, era una fotografía de una cicatriz en su brazo.

Me explicó que esa herida era un recuerdo de mi cumpleaños. No supe cómo interpretarlo. “¿Ella lo lastimó?”, “¿Fue un accidente?”, “¿Se lastimó él mismo?”. No sabía si buscaba compasión, redención o simplemente un desahogo. Le dije que podía explayarse como necesitara, sin juicios. Sabía que no debía hacer un trabajo de terapeuta, pero me intrigaba lo que tenía que decir.

Me contó que, al inicio de su relación, ella le dijo que yo la había sacado a la fuerza de mi casa, que la jalé y la agredí. Él creía en sus palabras, pero cuando discutían, ella se plantaba frente a él, levantaba el pecho y le decía con tono desafiante:

—¿Qué, me vas a pegar?

Él empezó a dudar de su relato. Me dijo que tenía un diagnóstico de trastorno límite de la personalidad, lo que lo hacía especialmente vulnerable a emociones intensas. Y ella sabía cómo empujarlo al límite. Al parecer, cuando sentía que podía perder el control, tomaba lo que imagino sería una navaja y se cortaba, utilizando el dolor físico para reemplazar sus sensaciones extremas y evitar explotar.

No supe qué decirle. Sabía que tenía problemas, pero no tenía idea de que llegaran a ese nivel. Además, ahora estaba preparado para no convertir en mi responsabilidad las emociones de otros, y mucho menos las de él. Opté por cambiar un poco el tema y contarle mi versión de aquella noche, la misma que aparece en este libro. Al final, me hizo una pregunta que me estremeció:

—¿También lloraba sin lágrimas?

Fue una observación tan simple, y tan exacta. Esa misma ausencia de alma en sus gestos, esa mirada vacía y predatoria. En ese momento sentí, por primera vez, una extraña camaradería. Ya no estaba solo, éramos como dos soldados de bandos opuestos, atrapados en la misma trinchera mientras caían bombas que ella había dejado caer.

Haciendo caso completo a mi escepticismo y en vista de la posibilidad de que todo esto fuera una elaborada estrategia para infiltrarse de nuevo en mi vida, opté por guardar mis reservas. No compartí información personal y solo lo escuché. Me di cuenta de que no quería conocer mi historia, ni mis sentimientos sobre ella. Solo buscaba ser escuchado. Su relato era un desahogo unilateral.

Me habló de cómo ella, a pesar de que él ya tenía dos gatos, adoptó uno nuevo diciendo que “los suyos nunca iban a ser de ella”. Un gesto que me revolvió el estómago. Tratar a los animales como objetos fue siempre una de las cosas que más me disgustó. Pero lo peor fue que dejó escapar a uno de sus gatos —uno que, según me dijo, nunca pudo recuperar—. Sentí un asco profundo. Una repulsión al saber que, sin importar cuánto tiempo pase, esa persona siempre será parte de mi historia. Cada día que sentía ese nivel de asco ante una situación relacionada con ella, tomaba múltiples baños de horas el mismo día. No puedo evitar en momentos atribuir la razón por la que me quito el vello del cuerpo, o la necesidad de limpieza que tengo, a los eventos que me trajeron a este momento, a ese sentimiento de no estar limpio nunca al haber sido tocado por ella. De regreso a la conversación con René, soltó algo que requería una pausa:

—Hubo un embarazo. Lo perdió.

Me quedé sin aire. Le pregunté si no creía que pudiera haber sido un invento, una manipulación. Me dijo que no, que vio el sangrado y una imagen de la bolsa gestacional. Más adelante, otra persona confirmaría la veracidad del hecho.

Me dijo que mi exesposa le confesó que no lo quería como padre. Que quería uno que al menos pudiera darle lo que él, su padre, le había dado a ella. Me pareció incoherente. En mi experiencia, su padre siempre la trató como un medio para sus fines. Cuando ella vivió situaciones difíciles por nuestro divorcio, su padre mostraba indignación por sí mismo, no por ella. Y entonces pensé: pobre niña, sigue buscando un padre que nunca tuvo. Quiere una infancia sin responsabilidades, un protector que jamás existió.

Después de su ruptura, René le permitió quedarse en su casa unos días mientras encontraba dónde vivir. Pero la convivencia no duró mucho. Una noche, a las tres de la mañana, ella lo despertó a golpes tras revisar su celular y ver que ahora hablaba con otras mujeres.

Por lo que tengo entendido, dado que él no se comunicaba de la manera más elocuente, ella prefirió irse a casa de la madre de él, quien vivía en la misma ciudad. Casi de inmediato, intentó convencer a la madre de René de que su propio hijo era violento. Fue entonces cuando él decidió interponer una denuncia penal en su contra, ahora en Puebla. Por mi parte, le compartí mi propia demanda, en caso de que le sirviera como respaldo.

Finalmente, me preguntó sobre su estado psicológico. Me dijo que fueron a terapia de pareja y no pude evitar reírme. Le conté cómo yo casi tuve que rogarle que fuéramos a terapia, y ella nunca accedió. Según él, ella decía lo contrario, que yo era quien me negaba a ir.

Continuó diciéndome que, con su experiencia como psicólogo, dudaba que tuviera déficit de atención, además de que nunca tomaba su medicamento. Y al marcharse, dejó todo atrás: pastillas, maletas e incluso un gabinete nuevo para computadora.

Le sugerí que se deshiciera de todo, que no intentara conservar nada, que probablemente lo que vendría sería una difamación, tal como ocurrió conmigo. Le dije que usara el silencio a su favor. Después de todo, él ya había visto su efecto.

***

Todo este evento, por más surreal que parezca, me dejó con una sensación difícil de describir. Me sentía incómodo, pero no herido. Era como si no estuvieran hablando de algo relacionado conmigo, como si todo fuera una historia lejana. Como si ese relato, por más absurdo y cercano que fuera, hubiese sido con dos personas que no conozco. Sentía distancia, una especie de desconexión emocional. Lo escuchaba todo, pero sin peso y sin carga. No había dolor ni rabia, solo la extrañeza de ver cómo alguien intentaba reconstruirse desde un lugar que ya no me pertenecía.

Hablar con él era como tener dos conversaciones al mismo tiempo. Yo hablaba desde un lugar más adelantado, intentando ofrecer apoyo, empujándolo con cuidado hacia una idea de sanación, de ayuda, de introspección. Pero él no buscaba eso, su necesidad era la de narrarse, de decir en voz alta lo que vivió, de validar su experiencia, no desde la empatía compartida, sino desde una especie de redención personal, impulsada por un sentido de justicia que él mismo había construido. Estábamos en niveles emocionales distintos. Él necesitaba ser escuchado, no confrontado. Y yo, simplemente, no deseaba ser parte de esa ecuación.

Aun así, no pude evitar observar el patrón. Cómo ella, que decía odiar a los niños, terminó embarazada. Cómo rechazaba sistemáticamente la terapia conmigo, y ahora asistía con él. Cómo, una a una, parecía hacer todas esas cosas a las que tanto se negaba, pero con otra persona. Y aunque suene frío decirlo, esto no me duele. Me confirma todo lo que creí, porque es exactamente lo que un narcisista suele hacer, imitar el deseo del otro y moldearse como reflejo de la expectativa, pero solo mientras le sirve. No hay una transformación real, solo una adaptación momentánea.

Es tan común que duele ver lo predecible que resulta tomar las críticas que se le hicieron en una relación pasada y convertirlas en herramientas para conquistar a la siguiente persona. Como si tu dolor fuera parte de su evolución, pero no para sanar, sino para ser más efectiva en la próxima repetición del ciclo.

Y quizás eso fue lo más inquietante de toda esta conversación. La claridad con la que vi que yo ya no estaba ahí, que ese mundo ya no era mío, que podía escucharlo sin hundirme y que, por más que mi nombre siguiera saliendo en su historia, ya no me pertenecía. Y sin embargo, escucharlo era como mirar una obra de teatro que ya había protagonizado. Había algo casi absurdo, irónico, en la precisión con la que los eventos se repetían. Como si siguiera un guion que yo mismo había vivido línea por línea. Volví a ver los mismos gestos y las mismas dinámicas:

Todo estaba ahí, como una copia apenas disfrazada. Y aunque una parte de mí sabía que su relato podría no ser del todo cierto, los detalles eran demasiado específicos. Las reacciones, el daño, el patrón, todo era idéntico a lo que yo viví. Eso es lo más peligroso de este tipo de abuso, su eficiencia aumenta con el tiempo. Cada relación es un ensayo para perfeccionar su gran estafa. Con cada víctima, aprenden qué decir, cómo actuar y cómo manipular mejor.

Por eso, y también gracias a algunas confirmaciones externas sobre lo que él relataba, creí al menos parcialmente lo que me relataba. Y esta vez, verlo desde fuera fue revelador. Por primera vez entendí que no todos los círculos se cierran con un portazo. Algunos simplemente se repiten, hasta que decides salirte del escenario.