Bosque
by Mauricio Amione
Mis músculos se movieron por un instinto primario, la necesidad latente de esconderme, de perderme en un rincón donde nadie pueda encontrarme. Corrí hasta que mis piernas dejaron de obedecerme. Busqué con desesperación algún lugar que me desaparezca del mundo. No puedo regresar a la cueva, queda demasiado cerca, y seguir caminando sin rumbo no tiene sentido. Dormir a la intemperie, expuesto al cielo, es imposible. Necesito un pedazo de tierra que no me exija nada, que solo trague mi cuerpo sin preguntar.
Encontré lo que busco en un árbol enorme, de corteza resquebrajada y raíces gruesas que se alzan del suelo. Entre dos de ellas se abre una oquedad profunda y natural, lo bastante amplia para una figura acurrucada. Me arrodillé frente al hueco. Luego, empecé a juntar un escondite con poca habilidad y dedos raspados. Reuní ramas secas, hojas caídas, pedazos de corteza, lo que pueda arrancarle al lugar. Los coloqué frente a la entrada con movimientos bruscos. Cada rama cruje con una fuerza inesperada, creando un estallido que hace que mi corazón golpee desesperado, queriendo huir de mi costado y escapar más rápido de lo que puedo moverme. Mi cabeza gira con cada sonido, siento el cuello rígido. Esperé figuras entre los árboles, manchas rojas en mejillas desconocidas, acero entre la maleza, pero el tiempo pasa y no aparece nadie, o tal vez el miedo es tan compacto y absoluto que me dejó incapaz de distinguir si hay algo más a mi alrededor.
Cuando terminé de cubrir la entrada, me arrastré hacia adentro del hueco. El espacio es sofocante, un nido para alguien que no sabe dónde depositar su masa. Es perfecto. Las raíces rasparon mi espalda y la mochila de piel con sus hebillas opacas se clavó en mi costilla. Me encogí hasta donde mis huesos lo permitieron, reducido a la forma frágil de un niño asustado empeñado en desaparecer dentro de sí mismo. La oscuridad me rodea, el olor a lodo llenó mi nariz, cubriéndome, mezclado con un aliento a óxido. Tapé mis hombros con la tela que cargo y el silencio me aplastó. Es tan profundo que cada uno de mis latidos rebota contra mis costillas, retumbando en mi cráneo, marcando un ritmo incontrolable.
Imágenes comenzaron a aparecer frente a mí, en el espacio del hueco que no está siendo desperdiciado para contenerme. Primero Goz, ocurriendo aquí mismo, superpuesto a la oscuridad. La garra del extraño sujetando su cabello, la tensión en nuestras gargantas, los músculos de ambos duros, inútiles. El filo deslizándose donde no debe hacerlo. El sonido. La carne de su piel, y la mía, abriéndose en conjunto. Los espasmos finales, los dedos arañando la tierra en un último intento de aferrarse a algo que se va. Y, finalmente, sus ojos, apuntando hacia donde yo estoy, en el árbol. Ojos que se quedaron en mí y que sé que no me van a abandonar nunca.
Después llegaron los demás, uno tras otro, traídos por la misma corriente. Boferr tirado junto a una mesa rota. Jopan inmóvil, dentro de la forja silenciosa, entre hierro y hollín sin propósito. Los agricultores esparcidos en los surcos, tendidos entre la tierra removida. Cada uno cae en mi mente con la misma brutalidad, la misma falta de piedad. Todos muertos, no hay otra explicación.
Y entre ellos apareció Afatali. La percibí en el humo que se eleva desde el pueblo, en las volutas negras sobre los techos. La imaginé cerrando los ojos. La imaginé soltándome. La imaginé apagándose sin hacer ruido. Una idea egoísta cruzó mi estómago con un ardor punzante:
—No le dijiste lo que sentías. Ni una sola vez. Ni cuando estaba viva, al alcance de tu voz. —Me odio por pensar eso antes que cualquier otra cosa.
Fue entonces cuando las voces comenzaron.
—No sirves de nada.
La escuché pegada a mi oído, escondida conmigo.
—Pudiste correr hacia él.
—Pudiste empujar al hombre de la lanza. Distraerlo. Gritar. Hacer algo.
Otra voz, más débil, quebrada, intentó alzarse.
—No tenía nada… no sabía qué hacer…
La voz fuerte rio.
—Mentiras. Pudiste ir con Anisa antes. Pudiste seguir a Afatali. Pudiste ir al refugio.
—Pudiste no huir a la cueva. Pudiste enfrentarte a algo finalmente.
La voz pequeña tembló.
—Intenté sobrevivir…
—Exacto —dijo la voz fuerte—. Porque sabes huir, solo eres bueno para eso.
La sentencia cayó una tras otra de manera inevitable.
—Huiste cuando Goz te necesitaba.
—Cuando viste sangre.
—Huiste cuando la criatura del subterráneo se movió.
—Cuando podías decir algo.
—Huiste de ella.
Algo se resquebrajó en mi interior, un sonido interno que nadie puede escuchar.
—Ahora todos están muertos —continuó la voz de manera implacable—. Y tú sigues vivo. Porque eres miserable.
Mi garganta arde, áspera, y el deseo de gritar quemó mis pulmones. Quise llorar con fuerza, desgarrar la tierra con los dedos hasta hacerlos sangrar, pero el miedo sigue acompañándome, incluso aquí dentro.
Lloré en silencio, con la cara hundida entre las rodillas, con los sollozos atascados entre mis piernas, con cada parte de mí temblando hacia adentro. Entonces escuché un susurro familiar.
—Shh… shor… sshhh…
El mismo sonido del subterráneo, ese murmullo serpentino. Pero en el bosque está más cercano, más pegado a la tierra. A unos pasos de mí, entre las hojas, rozando raíces. ¿Es mi mente repitiendo lo que ya había escuchado, un residuo del miedo anterior, una grieta más en lo que me queda de juicio? ¿Es un recuerdo? ¿O algo se encuentra de verdad afuera, filtrándose entre ramas, buscando brechas en mi escondite improvisado? No lo sé, y ese desconocimiento es el peor miedo de todos.
Dejé de existir fuera del hueco de mi realidad. Dejé de moverme por completo. Mi latido sigue insistente. Repetí hacia adentro, con rabia, culpa y desesperación acumuladas hasta el borde: Soy un cobarde. Soy un cobarde.
Así se extendió la noche, despierto, ferozmente despierto, atrapado entre raíces, lodo, miedo y mis propios pensamientos, sin atreverme en ningún momento a cerrar los ojos.
Perdí la cuenta de cuánto tiempo pasó antes de aceptar que no quiero moverme. Cuando el hambre me obligó a descongelar mis músculos, acerqué mis brazos, de manera automática, hacia la mochila.
La carne seca de libélula gigante es lo único que me hace no perder la cabeza. Mastiqué despacio, cada bocado es una culpa nueva en mi lengua, seguir alimentándome es un error. El sabor se volvió áspero, sin la suavidad que alguna vez tuvo. Aquí sabe a polvo, a supervivencia robada. Bebí a sorbos de la cantimplora de Goz, sosteniéndola con ambas manos, como si se tratara de una reliquia sagrada.
Escuché el ruido de insectos, las hojas partiéndose, troncos que crujen por su peso y mis sollozos constantes. Pero conforme la luz se desplaza sobre la corteza, esa vida se apaga con un retroceso lento, reteniéndolo todo. Para cuando la claridad empezó a alargarse sobre la tierra, el bosque se siente inmóvil. Demasiado quieto, muy atento a algo lejano.
Sobreviví la primera noche despierto y temblando entre raíces húmedas, escuchando cada sonido. Pero cuando regresó la oscuridad, cuando ya no hubo forma de sostener los párpados, el cansancio terminó por atraparme. Dormí aunque no lo merezca, escuchando los susurros que regresan cada noche, reptando por las paredes del hueco.
—Shh… shor… shhhh…
Cada vez que cierro los ojos están los de Goz buscándome entre gente, humo y sangre. Y aun así, cuando por fin el sueño llegó durante un tramo sin medida, no fui acechado por pesadillas. Fue una nada. Desperté con un hueco insoportable, incluso los sueños se niegan a acompañarme.
El siguiente recorrido del sol fue igual de solitario que el anterior. El bosque muerto de calma. Ni un insecto. Ni una persona. Cada cambio de luz arranca una capa más de vida afuera, mientras adentro solo queda mi ser tembloroso, rebotando en la tierra.
Cuando percibí el retorno de la oscuridad el tiempo había perdido toda lógica y volví a dormir, de nuevo sin quererlo. El silencio del sueño duele tanto como la culpa. ¿Cómo puedo dormir mientras Afatali cae en mi memoria? ¿Cómo puedo descansar después de ver morir a Goz?
—Shh… shor… shhhh…
En algunos momentos parece que ese ruido completa un círculo dentro del árbol, dando vueltas sobre mi espalda, mi nuca y mis pies. A veces siento que viene de debajo de mí. Otras, del interior de mis costillas. Y entre esos susurros mi mente intenta agarrar cualquier recuerdo útil. Traté de recordar las palabras que los verdugos dijeron antes de degollar a Goz. Intenté darles forma, un sentido.
—¿Va… rek?
—¿Shor… ma?
No logro saber si esas son las sílabas o si mi culpa las está inventando. Me tortura no recordarlo. Debería saberlo. Si hubiera sido más valiente, más atento, tal vez habría entendido algo.
—Inútil —continuó la voz en mi oído, como cada vez que intento reformular las palabras.
De nuevo una luz entró en el hueco sin ningún anuncio, colándose entre las ramas. Extendí la mano hacia la mochila, buscando más carne seca. No hay. Agua, ni una gota. Revisé de nuevo. Volqué bolsillos. Desarmé el pequeño nido de hojas que cubre mi cuerpo. Incluso palpé la tierra, esperando que la comida se materializara si insistía lo suficiente. Nada. El vacío de la mochila es el mismo que se abre en mí.
Toqué mi rostro y encontré mis mejillas hundidas y cubiertas de sal seca, haciéndolas duras al tacto. Mis brazos temblaron cuando intenté levantarlos. Las piernas duelen con solo moverlas. Llevo quizá tres noches detenido, sin caminar; mi presencia se convirtió en un montón de huesos olvidados. Sin fuerza para incorporarme, pensé:
—Voy a morir.
Simplemente es un hecho. Algo que llegaría si no hago nada. Pero lo acepto, incluso lo veo como algo justo. En el punto en el que esa idea empezó a sentirse cómoda, las voces regresaron con instrucciones directas.
—Es lo que te mereces…
Un calor recorrió mi nuca.
—Muere.
Esa palabra se pegó a mis oídos de manera viscosa. No sé hacer otra cosa además de llorar. Pero mis lágrimas no aparecen, dejándome con la comezón de unos ojos abandonados. La voz siguió siendo cruel:
—Muere.
Mientras esa voz crece, otra cosa sucede. Hay todavía una parte mía empecinada en existir, aunque yo no lo elija. Mis manos tomaron las ramas que cubren la entrada del hueco. Retiré cortezas, hojas, la capa de tierra suelta que apilé. Mis brazos se levantaron, sin obedecer mis órdenes por completo. Y conforme abro el camino hacia afuera, las voces se debilitan. Suenan a algo que se queda encerrado donde yo ya no estaría. Cuando por fin me arrastré fuera, la última palabra llegó casi sin fuerza, deshaciéndose en el aire.
—…mu…re…
Y luego nada. El bosque sigue en silencio, pero es otro tipo, uno limpio, distinto al que estuvo conmigo. De rodillas, la luz del sol golpeó mi cara y dolió. Mis músculos se tensaron, rígidos. Traté de levantarme y mis piernas temblaron. Me tomó varios intentos ponerme de pie. Cada respiración lastima, mi pecho demasiado estrecho para contener el aire.
En esta acción tuve que aceptar algo desolador. No salí del árbol por llenarme de valor. Ni por renacer con alguna fuerza nueva. Ni por tomar una decisión de luchar por mi vida. No. Salí porque incluso para dejar de existir se necesita un valor que no tengo. Y bajo un sol que ya no calienta, con la garganta seca, los labios partidos y las piernas temblando, di el primer paso en un mundo que ya no reconozco.
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