Skribee
El Híbrido

Rutina

by Mauricio Amione

Desde afuera, la construcción frente a mí parece sencilla, con algunas plantas de exterior que solo se dan aquí y un techo cubierto en parte por enredaderas de hiedra. Al cruzar la puerta, todo cambia. El aire, como es de costumbre, está repleto del aroma de hierbas maceradas, el calor de calderos pequeños sube por tuberías metálicas, y las repisas, rebosantes de frascos con raíces, flores y hongos encapsulados, cubren las paredes.

En el mostrador vi una pequeña bolsa de papel con el nombre de Boferr escrito. Una aprendiz joven, seguramente recién seleccionada, se acercó de inmediato. Su voz titubeó cuando intentó saludarme.

—Hola… ¿puedo ayudarte? —preguntó con cierta inseguridad.

—Busco a Silvia —respondí—. Vengo por lo de Boferr… y también tengo algo que entregarle.

Levanté la caja en mis brazos para que pudiera verla. La aprendiz asintió rápidamente y desapareció detrás de una cortina. Un momento después, salió Silvia, con el delantal marcado por manchas de resina y tierra. Sus dedos son delgados, pero endurecidos por el trabajo, y su cabello oscuro y corto acentúa todavía más su gran estatura.

—Nafir —dijo con una sonrisa franca—. Ven, quiero enseñarte algo.

Me llevó hasta la mesa de trabajo del fondo. Sobre la superficie colocó una planta de hojas gruesas y rojizas, aún brillantes por un rocío reciente.

—Creció más rápido de lo que esperaba —exclamó con satisfacción—. Su savia entumece la zona donde se aplica. Si funcionó como imaginaba, puedo preparar una pomada con ella.

Me quedé contemplando la planta con asombro. Silvia empezó a trabajar con el mortero de manera natural. En poco tiempo preparó un frasco con la pomada y me lo tendió.

—Nam y Boferr te lo van a agradecer —dijo al entregarme el frasco—. Aunque no la cure, no encontré efecto adverso alguno. ¿Verdad, Mona?

—Ninguno —respondió la aprendiz, sin mostrar preocupación por haber sido utilizada como prueba.

Agradecí el descubrimiento, dejé el resto de semillas para los experimentos de Silvia, tomé las medicinas de la bolsa del mostrador y salí rumbo a la casa de mi compañero. Su vivienda quedaba un poco apartada, me da la impresión de que su cansancio acumulado había ido empujando sus paredes hacia la periferia del pueblo.

Cuando llegué, hice una pausa antes de tocar, tratando de no añadir mi propio peso a la casa. Abrió su puerta y noté la diferencia de inmediato. Lejos de las risas del campo, su semblante guarda una sombra profunda, tiene el cabello desordenado, las ojeras marcadas y una sonrisa desgastada.

—Gracias, Nafir —dijo al tomar la bolsa.

—También traigo este ungüento —añadí, mostrándole el frasco—. ¿Recuerdas la hoja roja que encontré en un nido, la que me dejó punzadas en la muñeca? Silvia cree que puede ayudar.

Al decirlo, se encendió en mi conciencia la presencia del calor en mi mano. Sigue sintiéndose ajena, como si perteneciera más a Afatali que a mí.

—No sabes cuánto significa esto —dijo tomando el frasco con cuidado.

Le expliqué cómo aplicarlo. Es un gesto pequeño, pero dentro de esta casa silenciosa, me hizo sentir como si le diera un regalo enorme.

—¿Comiste algo? —preguntó de pronto, señalando una mesa donde vi lo que seguramente es pan duro y un guiso que se ve frío.

Negué con suavidad.

—Estoy bien. Todos hacemos lo que podemos por los demás. No es necesario que me des algo.

Soltó una risa baja, casi amarga.

—Eso es lo que decimos —respondió—. Pero no siempre lo que hacemos.

Sus ojos se desviaron un instante hacia la habitación donde descansa su mujer. Me ofreció el plato de todas formas.

—Entra. Si no lo comparto, se enfría de cualquier manera. Y tu casa queda lejos.

No discutí más. Entré y me senté en la mesa, más por darle el gusto que por hambre. Él asintió, mostrándose más tranquilo.

Tras una pequeña charla sobre el trabajo y nuestros compañeros, interrumpida solo por la tos débil que llega desde la habitación principal, cambié el tema.

—¿Te acuerdas de la historia que nos contó Jair? La de los raspones en las columnas —pregunté, con la curiosidad de lo que había escuchado por la mañana.

—Sabes que a Jair le gusta exagerar —dijo, deteniéndose un poco—, pero no es la primera cosa extraña que escucho. ¿Sabes que Lara vive cerca de la casa de Anisa, no? El palacio que tiene en las afueras.

—Sí, hace poco pasé por ahí, hay una cueva que descubrí cerca y quiero visitar —contesté intentando descifrar el punto de la conversación. El día parece insistente en recordarme mis anhelos.

—Bueno, Lara dice que Anisa rara vez sale de su casa y que puede escuchar golpes y ruidos de vez en cuando venir de ahí. Te digo, Nafir, la gente cuenta historias de afuera, pero yo creo que los verdaderos problemas están aquí adentro, con nosotros —concluyó.

Asentí, tomando la última cucharada de caldo, vaciando mi plato. No estoy seguro de si Boferr habla para sí mismo o si me intenta decir algo, pero el único misterio de mi interés en este momento es visitar esa cueva de nuevo y la esperanza de encontrar algún espécimen interesante para plasmar en mis dibujos.

Salí de su hogar con el estómago tibio y el corazón pesado. Cada paso, ahora rumbo a la herrería, lleva una sensación de que el día entero ha dejado una marca nueva en mi interior.

***

El camino es un sendero que puedo recorrer con los ojos cerrados, un trayecto marcado por el retumbar metálico y el calor que se filtra desde ese lugar. Jopan, el herrero, tiene una voz sorprendentemente suave para alguien con los músculos forjados a golpes de trabajo. Calvo, de piel pálida pero oscurecida por el carbón. Nunca he sabido si su calvicie fue decisión propia o huella del oficio, pero de algún modo le queda bien, como otra herramienta más perfectamente adaptada a su dueño.

Al entrar en la herrería, el taller me recibió con su caos ordenado, un lugar donde los minerales y el fuego se encuentran sin molestarse en fingir cortesía. Jopan levantó la vista de su trabajo y, antes de que abriera la boca, adivinó lo que vengo a preguntar.

—Sí, Nafir, ya sé —dijo con una voz calmada—. No está listo, nos falta material. El cargamento que me tocaba nunca llegó, y lo que me quedaba de latón en el taller se lo llevaron al hospital. Ya sabes cómo es esto.

Mi vista se fue sola hacia donde apuntan sus ojos. En una esquina de la herrería, acaparando su espacio y presumiendo una creatividad distinta a la practicidad del resto, descansa una de las flores metálicas para bombear agua. Exhalé sin pensarlo, cargando un poco de lo que veo.

—Si no lo tenemos en cinco días, van a instalar un pozo común en lugar del nuestro. No quiero que tiren el diseño por falta de tiempo.

Dejó escapar una risa, propia de alguien acostumbrado a crear en un lugar que necesita los inventos y al mismo tiempo los relega.

Caminé hasta quedar cerca de donde trabajaba, cuidando de no alterar ningún artefacto de los que yacen esparcidos por el taller, y me senté en una mesa frente a él.

—Sabes —continuó, señalando la flor incompleta con el martillo—, cada pieza que hacemos lleva un poco de nuestra locura. Y ahora mismo, lo único que falta es algo de material para terminar los pétalos. Algo de estaño o algún sustituto serviría.

Un recuerdo llegó a mí. En el límite del domo, dentro de la cueva que le había comentado a Boferr, sobre el risco que se mantiene fijo detrás de la casa de Anisa, había visto algo además de insectos, un brillo metálico.

—Jopan —dije, sintiendo regresar la chispa—, creo que sé dónde podemos encontrar algo útil. Hay un lugar que aún no exploro del todo. Estoy casi seguro de haber visto algo.

El herrero sonrió.

—Entonces mañana veremos si los locos todavía pueden hacer algo que otros creen no necesitar —respondió—. Gracias, Nafir.

—Entre toda la pedacería vieja que aparece enterrada por ahí, quién sabe —le dije—, tal vez esta vez encontremos algo que valga la pena.

La probabilidad no es alta, pero aun así salí de la herrería con un propósito renovado.

***

La noche cayó por completo cuando llegué cansado a mi casa. Fui quitándome la ropa del trabajo prenda por prenda, dejándola caer en el suelo. Coloqué el dibujo de Goz sobre la mesa, llené una cubeta de madera y salí al espacio detrás de la construcción. El agua recorrió mi piel, arrastró el polvo, y lo demás se quedó conmigo.

Hay algo dentro que el agua no puede llevarse y me duele sin tener lugar, algo más helado que el agua sobre mi piel. No sé en qué punto del día se había apagado el último rastro de calor en mi mano. Parece todavía más fría que antes, sin un rastro del calor de Afatali.

De vuelta en mi habitación, me puse una prenda ligera y me senté junto a la mochila de piel de libra, curtida con su aroma áspero. Abrí la solapa y, casi por inercia, empecé a guardar lo necesario para el día siguiente. Primero, el cuchillo de caza que Jopan forjó para mí, con el pequeño engrane de bronce incrustado en el mango. A veces pienso que ese cuchillo conoce mis dedos mejor que yo mismo. Es su compañía y el recordatorio de que alguien se había detenido a pensar en mí.

Guardé la libreta de dibujos. Lo único en la aldea que me entiende sin pedir explicaciones. Luego, las raciones de proteína de libélula seca, la cantimplora, la cuerda para escalar, los frascos para insectos, algunas herramientas. Todo fue ocupando su lugar. Finalmente ajusté sobre la mochila mi cubierta de telas cosidas, un regalo de Afatali que me recuerda a ella cada temporada fría. De nuevo tendrá su uso prestándome calor en mis momentos más helados.

Cuando terminé, dejé la mochila junto a la puerta y giré el mecanismo del dispositivo que descansa sobre la caja de madera para apagar la última luz del día. La oscuridad avanzó por la habitación. Me dejé caer en la cama con un suspiro profundo, esperando que mi cuerpo cediera pronto. Pero mi mente no obedeció, sigue inquieta, atrapada en un ritmo interno. Intenté pensar en la búsqueda del amanecer, en la cueva, en los objetos que tal vez encontraría, pero la idea se siente incompleta. En lugar de entusiasmo apareció una resistencia, una voz muda que repetía que nada cambiaría, que todo ese esfuerzo solo era otro tramo de rutina en un día alargado.

Acostado en la oscuridad, lo único que me acompaña es una especie de enojo sin voz, un golpe bajo las costillas. No contra alguien en particular, pero tampoco contra la nada. Una punzada que me recuerda que, por más brazos que se extendieran hacia mí, queda un hueco inalcanzable.

Mis ojos se quedaron fijos en las paredes de la casa, donde están los dibujos que las cubren, invisibles en la oscuridad, aunque sé que siguen ahí. El dibujo de Goz sobre la mesa reavivó el enojo. No entiendo por qué el día terminó así. Traté de respirar tranquilamente, de quedarme quieto, de no pensar más.

No sé en qué punto la noche empezó a mezclarse con imágenes sueltas, sombras que parecen moverse a mi alrededor. Comencé a ver árboles, sentí miradas y un terror se apoderó de mí. Comencé a huir.