Desnudos
by Mauricio Amione
Estoy en un bosque infinito, más frondoso que cualquiera que haya pisado despierto. Las copas de los árboles forman un techo, sin fisuras, y todo parece más grande, los árboles me observan.
Corro escapando de algo. Los colores se distorsionan en pinceladas urgentes. Un temor sin origen me empujó a seguir corriendo sin ver atrás.
Entre la maleza que pasa creo distinguir un claro. Un espacio abierto donde existe una luz que intenta abrirse paso. Mis pies obedecieron de inmediato y se lanzaron hacia allí, buscando ese respiro. Estoy a punto de alcanzar el borde. Justo antes de salir al claro el suelo desapareció. Caí en un abismo de oscuridad líquida. Intento nadar, pero cada brazada se hunde más en aquella sustancia.
El aire me abandona, solo permanece el eco de mi aliento escapando en burbujas hacia un lugar imposible de imaginar. La única compañía es la confusión, un laberinto negro donde todo pierde estructura. Cada movimiento es un intento inútil de encontrar una salida. La desesperación se incorporó en mí. La incapacidad de respirar es el único pensamiento claro, y la oscuridad parece burlarse.
Justo cuando la desesperanza estaba a punto de consumirlo todo, apareció una luz. Una mano cálida surgió de la penumbra, se aferró a mi brazo y me arrastró hacia una claridad que no puedo explicar.
Desperté empapado en sudor, aún cansado, y con mi corazón golpeando con fuerza. Por un momento, la sensación de aquella mano cálida se quedó en mi mente, un rescoldo diminuto en medio del frío de la madrugada. Es el mismo calor, el mismo consuelo silencioso que, ahora en el sueño, me había traído de vuelta a la superficie, Afatali.
El primer saludo de mi día lo dieron las paredes, cubiertas por los dibujos. Empecé a prepararme para lo que fuera que estuviera por llegar. Junto a la puerta me espera la mochila que había dejado lista anoche, y al tocar mi propio brazo noté que no queda rastro del calor reconfortante que había imaginado en el sueño, el calor de ella.
Antes de vestirme para el trabajo decidí repetir la rutina del día anterior. Salí de la casa y caminé hacia el pozo cercano. La oscuridad aún cubre todo, pero ya se adivina una claridad en el horizonte.
Al llegar al pozo dejé que el agua fresca fluyera. Formé una cuna para recoger un poco y empapé mi rostro, tratando de arrancar el sudor salado de la pesadilla. El agua está más fría, quizá al dormir necesitaré más abrigo.
Me incliné para beber y, al levantar la vista, los primeros rayos tocaron mis hombros. Esperé un momento para ver el reflejo de la luz naciente del pilar en el agua que sostengo, pero el destello no llegó. Temí mover los ojos, temí girar la cabeza y enfrentar lo que eso significa.
Tras un tiempo inmedible, dejé caer el agua y obligué a mi cuello a girar. Levanté la vista y confirmé mi miedo. Los rayos del sol no encuentran la superficie en el domo.
Sin pensarlo, empujé la puerta de mi casa, me calcé las botas, tomé la mochila y corrí hacia el interior del pueblo, mis pasos resonando sobre la tierra endurecida por el frío. La luz tenue volvió todo un poco deshabitado. En este momento del día siempre había gente afuera, Jopan encendiendo la forja, los granjeros preparando surcos, las mujeres del molino revisando las correas del mecanismo que tritura el grano. Esta vez no hay nadie. Puertas cerradas, calles vacías.
El silencio resulta tan antinatural que erizó los vellos de mi piel. No escucho nada o no quise escuchar nada. Solo corrí. Mi mente está tan fija en ella que el resto del mundo se volvió un trazo borroso. El aire arde en mis pulmones, pero no aflojé el paso. Tengo que llegar a su casa, tengo que verla.
Cuando por fin llegué, empujé la puerta con tanta fuerza que casi la arranco de las bisagras. La mesa donde solía dejar trozos de madera está limpia. Las cajas de herramientas han desaparecido. Sus botas, que siempre quedaban tiradas junto a la entrada, ya no están. Ni siquiera los pequeños bloques que talla para los niños permanecen aquí. La casa está recién deshabitada, como si el tiempo que me llevó ponerme las botas hubiera sido suficiente para borrar su rastro.
No sé cuánto tiempo estuve quieto. Quise llamarla, pero mi voz se quedó atrapada detrás de la lengua. Solo cuando salí de la casa el mundo regresó. Puertas golpeándose, ventanas abriéndose, gente hablando desde las sombras, sus voces cada vez más desesperadas:
—¿Viste el cielo?
—El domo no está reflejando nada.
—Esto debe ser una prueba de la lectora.
—¿Una prueba? No tiene sentido.
—Quizá es para el aprendiz nuevo…
—No digan tonterías, esto no es una prueba.
Cada frase pasa de la confusión y se acerca al miedo. Elmira despertó sin escudo, expuesta al amanecer. No tengo dirección, hasta que escuché mi nombre.
—¡Nafir!
Giré, el aire que me quedaba escapó de inmediato. Afatali viene hacia mí, corriendo con determinación. Empuña una lanza. Reconocí el pulido de la madera, el trabajo de sus dedos. El material de la punta, con remaches limpios y precisos, era de Jopan. Probablemente la había fabricado hacía mucho, tal vez para darle cierta tranquilidad en sus visitas a los niños de la Academia, o porque en el fondo algún rincón de ella creía que la necesitaría, que las historias de monstruos que circulan entre los pasillos no eran solo cuentos. Llegó hasta mí, respirando con fuerza.
—Tenemos que encontrar a Goz —dijo—. No sé qué está pasando, pero tenemos que separarnos para buscarlo.
—¿Dónde nos vemos? —alcancé a preguntar, con una voz más débil de lo que hubiera querido.
—En la casa de refugio.
La casa de refugio. Un recuerdo disipó mi confusión. En la Academia nos enseñaron del refugio, una estructura de piedra gruesa con placas de hierro reforzando las esquinas, sin ventanas, con puertas bajas, pensada para soportar cualquier cosa. Nunca la hemos utilizado. Con el tiempo se volvió una nota al margen en los cuadernos, algo que nadie creía que llegara a hacer falta.
—Yo iré al pilar central —continuó—. Tú busca en donde vive Anisa. Después nos reunimos ahí.
Hubo un silencio paralizante. Quise decirle que algo en mí se resiste a dar un solo paso lejos de ella, pero mis palabras no encuentran salida.
Empezamos a correr en direcciones opuestas. Avancé unos metros y recibí un tirón por dentro. Me detuve sin comprenderlo del todo, algo en mí necesita verla una vez más y comprobar que esta escena es real. Roté sobre mí mismo y la vi. Afatali no se detuvo. No redujo el paso. No dudó. No volteó.
Su figura se aleja en línea recta hacia el pilar central, firme, segura, como si el destino hubiera trazado exactamente esa ruta para sus pies. Quise correr detrás de ella, seguirla como el faro que ilumina mis sueños. Respiré profundamente y ajusté las correas de la mochila, corriendo hacia mi propio destino, con el corazón agitado y la sensación silenciosa de que el día apenas empieza a mostrar el rostro que lleva oculto.
La casa se alza en la parte más externa del pueblo, tocando el límite donde el bosque empieza a recuperar terreno, extrañamente alejada para ser el hogar de la persona más importante de Elmira. Me había acercado pocas veces. Siempre había existido en mí el impulso de tocar la puerta y preguntarle sobre las runas, de intentar romper un momento la sombra del destino que el pilar había estampado sobre mi nombre. Nunca me alcanzó el valor. Ahora, la urgencia empuja por mí.
Abrí la puerta principal y me recibió una oscuridad casi total. Las franjas abatibles de madera en las ventanas siguen cerradas, la escena no encaja con una mañana cualquiera. La casa devora la luz; un hilo delgado entra desde el umbral entreabierto y dibuja sombras largas sobre el suelo.
—Anisa —llamé con voz entrecortada.
No hubo respuesta. Di un paso dentro y dejé la puerta abierta a mi espalda, robándole a la penumbra algo de claridad. Avancé unos pasos, el aire parece quieto.
—Anisa… ¿Goz? —volví a llamar, esta vez con más fuerza, sintiendo cómo mi voz se deshacía al avanzar en la amplitud de la casa.
Me acerqué a la pared más cercana y deslicé los dedos por los acabados tallados en la madera. Los detalles son intrincados, el tacto revela lo que la oscuridad no permite. Es un hogar amplio, construido con una dedicación que no he visto en ninguna otra parte. Cada mueble se siente pesado; pude reconocer los bordes al avanzar casi a ciegas entre ellos. Aun sin luz, el lugar impone.
Seguí buscando, tanteando el espacio con ambos brazos. El interior es enorme, más grande que muchas de las salas comunes del pilar. Recorrí los espacios abiertos del primer piso antes de encontrar las escaleras que suben al segundo. Ascendí despacio, sin dejar de repetir sus nombres. Conté cuatro cuartos en el segundo piso.
Abrí la puerta del primer cuarto. Me recibió un área de estudios, inmóvil y detenida. La segunda guarda una habitación con un escritorio y un baúl abierto. La tercera es una especie de biblioteca, silenciosa y sin presencia. La última puerta se diferencia del resto. Tiene un acabado de metal enchapado y un relieve de bordes angulosos. No encuentro una perilla y empujarla no sirve de nada. Es una plancha cerrada por completo. Me incliné a revisar un marco que muestra el contorno de una mano cuando un golpe sordo retumbó desde abajo. Me quedé inmóvil, sintiendo el sonido deslizarse por las paredes hasta llegar a mi columna.
Bajé las escaleras con el corazón golpeando en mi garganta. Ya en el primer piso me detuve, tratando de ubicar de dónde había llegado el ruido. Avancé despacio entre los muebles, guiado por los destellos mínimos que se cuelan por las rendijas de las maderas en las ventanas. No hay entradas visibles hacia sitios que no haya explorado ya. Nada que indique la proveniencia del ruido.
Rodeé el comedor y un rayo de luz solitario cayó sobre algo que antes había pasado desapercibido. Una esquina del suelo devolvió un pequeño destello. Me acerqué. Encontré una junta entre las tablas de la pared, un panel falso encajado con una precisión extraña. Deslicé los dedos por el contorno y noté una corriente leve de aire.
Busqué un mejor agarre y tiré con fuerza. El panel se levantó unos centímetros y, cuando pensé que lo partiría, se deslizó hacia un costado, suficiente para revelar una entrada oculta aunque no para introducirme al otro lado. Me detuve a pensar en lo que está frente a mí. Una puerta deslizante que se pierde dentro de la pared es algo ingenioso, pero la oscuridad detrás de ese invento me regresó al presente.
Pensé en los rumores de Lara, pero el miedo quedó atrás ante la urgencia. A un lado de la pared interior, observé un recuadro liso de piedra con el contorno de una mano grabado en el centro, idéntico al que se encuentra en el segundo piso.
Empujé la puerta el resto del camino con toda mi fuerza. Un crujido respondió, y una ráfaga de aire subió desde la oscuridad. Una escalera estrecha desciende pegada a la pared.
Comencé a bajar con una mano en el barandal y la otra apoyada en la piedra a la derecha para sentir algo firme. En el cuarto escalón mi pie resbaló sobre un líquido. Me detuve de golpe, aferrándome al barandal mientras mi corazón buscaba salir de mi boca. El olor entró con intensidad un instante después. Hay algo metálico, cercano al aroma de la herrería de Jopan, mezclado con una nota agria y orgánica. El silencio se hizo insoportable.
Desde algún punto más profundo, llegó un murmullo, un sonido reptante y pegajoso. Mi respiración se volvió corta mientras mis ojos tratan de quitarle alguna forma a la penumbra. Una sombra se movió. Es demasiado grande. Algo avanzó con lentitud por el barandal, probando el aire antes de seguir.
Retrocedí sin pensarlo, subí los escalones rápidamente sin sentir las piernas. Intenté empujar la entrada falsa para cerrarla, pero al sentir la dificultad del proceso abandoné el intento y salí del edificio, azotando la puerta principal a mi paso.
Afuera, el aire frío golpeó mi rostro. Llevé mi palma al pecho para tratar de ordenar mi respiración, pero al bajarla la vi manchada de sangre. Quise gritar, llamar a alguien, pero no hay nadie cerca.
Escuché algo en la distancia. No sé qué es, un golpe, un quejido, algo perdido entre las casas del pueblo. Por un momento pensé en correr hacia ese punto, pero la idea revolvió mi estómago al dar el primer paso. Si algo ronda esta zona, también pudo haber avanzado más adentro. Y aun si no lo ha hecho, no sé qué rostro puedo mostrarle a ella al llegar, sangrando, temblando, sin Goz y con la única explicación siendo la de una criatura misteriosa. No sé qué está sucediendo, no tengo energía para averiguarlo. Estoy demasiado aislado, demasiado lejos de cualquier ayuda. ¿Hacia dónde corro? Mi respiración se agitó.
Llegó un grito, de una mujer, cortado, quebrándose antes de concluir. Viene desde el interior del pueblo, un eco breve que heló todavía más mi sangre. Mis piernas se aflojaron. Si hay más cosas allá, si la gente ya está gritando, no tengo nada que hacer entre ellos, no puedo ayudar a nadie. Lo único cercano, lo único sin ventanas, sin alguien pidiendo auxilio, sin miradas esperando respuestas, es la cueva. El lugar donde todavía puedo sentir que tengo algo esperándome.
Llegué a la base del risco con la urgencia en mis pulmones. Mis dedos encontraron las grietas de la piedra y mis pies siguieron un proceso en automático mientras mi mente intenta conectar las ideas. Desde allí, Elmira se extiende a lo lejos, tendida hacia los campos y las casas que conozco. Ver el pilar central desde lo alto solía traerme una calma, un recordatorio de paz.
Mientras escalo, aumentan los gritos. Suaves al principio, ecos traídos por el viento, luego más nítidos. Voces de mujeres, de niños, de vecinos a quienes nunca habría imaginado escuchar de ese modo. El dolor desconocido arañó mi cabeza. Son los de un pueblo que nunca ha gritado así. Y sin darme cuenta, mis mejillas se habían humedecido, llenas de lágrimas mezcladas con sudor, polvo y la sensación de estar dejando algo atrás.
La grieta en la roca queda a medio ascenso. Una entrada estrecha, alargada hacia arriba, una pequeña boca oscura que todavía no termino de conocer. Empujé primero la mochila de piel y luego me deslicé detrás de ella. La luz del día se redujo a un filo delgado en la abertura.
Aún al borde de la entrada, el silencio era otro. Me dejé caer cerca de una roca, todavía jadeando. No tengo mis dibujos en estas paredes, donde su presencia me hace sentir acompañado, pero en este hueco tengo algo distinto, insectos vivos moviéndose con calma, ajenos a cualquier ruptura que esté ocurriendo afuera. Me envolví en la cubierta de pieles y susurré el nombre de Afatali. Nadie puede oírme, tal vez ni yo mismo quiero hacerlo. El nombre escapó porque necesito aferrarme a algo más fuerte que el miedo. Y aun así, al pronunciarlo, mi pensamiento se deslizó hacia Goz.
Goz, apenas ahora. ¿Cómo puedo pensar en él hasta este momento, cuando también debe estar corriendo, cuando también debe buscar refugio? Por un instante deseé que esté con ella, que se hayan encontrado ya, y esa idea me hundió. Algo incómodo apareció en mi estómago, algo que no quiero explorar, una sensación que llega con vergüenza. Inevitablemente, me hablé con una rabia baja:
—No lo quiero ver junto a ella.
Apreté mi brazo. No encuentro el calor que tantas veces me había salvado en los sueños, ese brazo que me sacaba del agua. Estoy solo.
—Soy un cobarde. Huí… Huiste —seguí escuchando la misma voz en lo profundo de mi mente.
Me obligué a respirar y bajé la vista hacia el suelo. Una hormiga limpiadora avanza con paso decidido, cargando un trozo diminuto de corteza. Las mandíbulas brillan en la luz tenue. Verla trabajar trajo un instante de orden. Ella sabe qué hacer incluso cuando el mundo parece deshacerse afuera.
—Baja y búscalo —continuó la voz.
Después apareció un escarabajo aprendiz. Caminando con sus patas largas tanteando el aire, sus antenas plumosas vibrando ante el mínimo cambio de temperatura. Me perdí siguiéndolo, agradecido por la distracción.
Moví la pierna y sentí algo tenso en las pieles. Desvié los ojos hacia el origen. Tengo un hilo metálico descansando sobre mi cubierta, atrapando la luz que se cuela por la grieta. Durante un instante pensé que quizá se trataba del fragmento que le mencioné a Jopan, pero al seguir el hilo, la realidad desmoronó esa idea. Es una oruga, nunca había visto una así. Larga como un antebrazo, con apéndices espinosos sobre el lomo y antenas largas y rígidas que parecen medir mis movimientos. Dejó un rastro de ese hilo metálico a su paso.
Saqué el cuaderno y la pluma, desenrosqué la parte superior para revisar la tinta y comencé a dibujarla. Vi una mancha roja en mi pulgar que sostiene el cartapacio, pero aquí dentro parece simplemente ser un mal uso de un pigmento natural. La forma de su figura, las espinas curvas, la textura pulida de su piel, todas son anotaciones que agrego mientras intento seguir cada desplazamiento lento.
Una gota que salió de la cueva o de mi rostro cayó sobre el papel. Ese hilo podría servir para algo, es resistente, aunque nada de eso tiene peso en este instante. Dibujarla me alejó del miedo y devolvió un trozo de mí a su sitio.
Cuando terminé, dejé caer la cabeza contra la piedra a mi espalda. El frío regresó con fuerza, trayéndome de nuevo a la realidad.
—Espero que estés en el refugio… los dos…
Mi voz se quebró al decirlo. La contradicción de mis emociones es una balanza que aún no encuentra estabilidad. El cansancio del sueño, del esfuerzo, de la pérdida, cayó sobre mí. Mis ojos se cerraron y los abrí de golpe. La pesadilla que estoy viviendo aún acecha afuera de la cueva. Aún tengo que salir y buscar el refugio.
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