Skribee
El Híbrido

Vida

by Mauricio Amione

Sentí mi lengua como un cuero y los labios aún más ásperos. Cada paso es un intercambio directo por un poco más de existencia. Fijé la dirección que tomaría ahora, esta vez más alejado de la montaña. Ajusté la cuerda y até la mochila con más firmeza a mi torso para poder apoyarme mejor al subir y bajar las pendientes. El cuchillo de Jopan apartó ramas, abrió camino entre arbustos y me ayudó a marcar la corteza de algunos árboles para no perder por completo el sentido de la dirección, dejando cicatrices pequeñas que quizá nadie más vería nunca.

Entre un grupo de hierbas amontonadas encontré alcanucias escondidas bajo un manto de restos vegetales. Las reconocí por su cuerpo ancho y hojas cortas, igual a mis ilustraciones. Cavé con paciencia hasta sacar uno de los tubérculos. Es feo, su piel irregular, y tiene un olor ácido que raspa mi nariz. Lo limpié como pude, exprimiendo gotas de un puñado de musgo, y lo comí a mordidas. El sabor es horrible, de tierra mezclada con ceniza, pero cada bocado me da un poco de calor en mis dedos. Mi cabeza dejó de sentirse hueca y me permitió pensar más allá del siguiente trago de agua imaginaria. El hábito de granjero suplantó su lugar y guardé un resto para después, como si todavía existiera un futuro seguro.

No pasó mucho tiempo antes de escuchar algo que no es viento, insectos o el crujir disperso de las plantas. Me detuve y escuché. Contuve la respiración para prestar atención al sonido. Es un ruido continuo. Mi corazón dio un salto duro. Por un instante temí que se tratara de una ilusión, la consecuencia de algún veneno que no reconocí y llegó tarde. Al mismo tiempo la esperanza recorrió mi cuerpo mientras una burla interna toma forma, estaba tan cerca todo este tiempo.

Seguí el sonido entre troncos hasta que la vegetación se abrió en un claro donde un arroyo oscila entre piedras de tono oscuro. Un río estrecho de corrientes rápidas con un color turbio en algunas zonas. Caí de rodillas en la orilla, sumergí las manos y dejé que el agua enfriara mi piel resquebrajada. Tiene un sabor mineral, con un toque de plantas y arena. Bebí un poco, luego otro trago. Tuve que sujetar mi muñeca para obligarme a ir despacio. No pensé en hervirla, ni en enfermedades, ni en nada que no fuera a llenar el vacío ardiente que me consume.

Llené las dos cantimploras temblando, comenzando con la de Goz, como si fuera para él. El sonido del agua golpeando el metal me hizo llorar de nuevo, esta vez las lágrimas son un alivio pegajoso en mi cara. Me senté un rato sin hacer nada más que escuchar el arroyo. La música del agua formó una especie de barrera entre mi mente y las voces de la noche. No regresaré nunca más a ese árbol.

El primer intento de crear un refugio fue un desastre inútil. Escogí un punto no muy lejos del arroyo, pero tampoco tan cerca como para que una crecida me arrastre mientras duermo. Busqué troncos que formen un soporte natural y utilicé la cuerda para amarrar ramas gruesas. Levanté una estructura sobre la que empecé a colocar más ramas y hojas. En mi cabeza el diseño es sencillo. En la práctica, cada rama que coloco tira otra, las plantas se deslizan, el techo se deforma a la menor provocación.

Recordé el cardo telar y sus fibras resistentes. Si logro encontrarlo, podría fabricar más cuerdas, pero no he visto nada similar cerca. Mezclé barro en las uniones para fijar algunas partes. El resultado es una masa que casi termina sobre mí. Quedé con las palmas cubiertas de lodo, riendo de manera histérica mientras el refugio improvisado se desmorona frente a mis ojos de nuevo. La voz crítica aprovechó la grieta.

—Tus inventos y dibujos solo estorban cuando no tienes la habilidad para hacerlos.

La voz pequeña respondió, un poco más firme que antes.

—Puedo intentar de nuevo mañana.

Volví derrotado al árbol, pero con las cantimploras llenas, las piernas agotadas y la mitad de mi vestimenta cubierta de barro. Las voces reaparecieron en cuanto cayó la noche, pero algo en ellas cambió. Ya no suenan tan fuertes. El arroyo sigue corriendo en mi memoria y esa música arrulladora se enredó con los susurros y los desarmó. Aun así dormí poco. Cada vez que mis párpados empiezan a bajar, Goz aparece otra vez, estirando su mano hacia donde me escondo.

El día siguiente fue una sucesión de intentos torpes y pequeños aciertos. Me di la tarea de buscar cardo telar y lo encontré en una ladera cercana. Son un conjunto de brotes, con cabezas espinosas que tienen una especie de algodón cubierto de púas suaves. Corté los que pude y pasé un largo rato separando las fibras y torciéndolas hasta formar cordeles resistentes, casi tan firmes como mi cuerda. Con eso la estructura del refugio empezó a sostenerse. Dos árboles cercanos se volvieron pilares involuntarios. Entre ambos tensé un techo hecho con palos largos; encima coloqué hojas y capas de hierba seca con el aprendizaje de mis intentos anteriores y la mente aclarada.

Cerca del suelo añadí un pequeño muro de ramas entretejidas para cortar el soplido del aire que llega por las noches. Utilicé resplandiolas para probar cómo iluminan el interior en la oscuridad. Sus flores luminiscentes ofrecen una luz suave, amarillenta, suficiente para no sentirme completamente tragado por la noche. Colgué algunos envengantes a secar en el costado del árbol. Excavar un hueco junto a la entrada me sirvió para tener barro cerca, por si necesito sellar espacios. Todo ese proceso se extendió más de lo que quisiera admitir y me obligó a pasar otra noche más escuchando las voces en el hueco.

El séptimo día di por terminado el refugio. La luz se filtra entre las varas con un tono amable. Me acostumbré a no esperar algo del mundo y eso lo hizo más desafilado. El pequeño refugio, con un espacio único donde puedo entrar agachado y estirarme en diagonal sobre el suelo, desde fuera podría ser una mancha más del bosque. Añadí ramas caídas apoyadas al azar para romper la silueta aún más. Quiero que se confunda con el entorno y desaparecer junto con él.

Llené otra vez las cantimploras en el arroyo, asé un poco de alcanucia, ensartándola en una rama sobre un fuego, comí un trozo de envengante y regresé al refugio cuando el cielo empezó a oscurecer. Me arrodillé frente a la entrada y avancé hasta quedar completamente cubierto. El olor a hojas trituradas y humo llenó mis pulmones. Dentro, me recibió un hogar cálido. No hay memorias de voces en estas paredes, solo varas entrelazadas.

Colgué dos resplandiolas del techo interior, atadas a una cuerda de fibras. La luz resultante es un amarillo tenue que dibujó contornos a mi alrededor. Me recosté usando la mochila como almohada y cerré los ojos con cautela. Al principio solo escuché el arroyo y el roce del viento en las ramas exteriores, pero los susurros regresaron.

—Shh… shor… shh…

Cada sílaba parece arrastrarse al otro lado de la pared de barro, pegada al refugio. El aire es difícil de tragar. La voz interna que me llama cobarde está silenciosa, pero estos susurros, los de la noche, son más claros que nunca.

—Shh… shor… shh…

Marcan un ritmo lento, rodeándome, buscando un punto débil por donde entrar. La luz de las resplandiolas me dio la impresión de ver una sombra tras las ramas. Pensé que eran solo eso, sombras, hasta que una se alargó muy cerca de mi codo y un calor extraño cubrió el escondite. Una línea negra se deslizó sobre la tierra compactada. Luego otra, y otra más. Ondulan igual que serpientes. Mi primera reacción fue intentar apartarlas. Mi mente me dijo que se trata de animales cualquiera, algo que puedo ahuyentar con el cuchillo. Moví mi mano hacia la empuñadura, intentando no crear un sonido.

Algo pesado se mueve sobre mí. Un crujido profundo recorrió el tronco, distinto al que provoca el viento. El techo vibró. Sea lo que sea, tiene un peso considerable, demasiado como para ser un ave. El crujir de las ramas llegó con una especie de respiración lejana.

No me atreví a desenvainar el cuchillo ni a apartar las cosas negras que siguen reptando dentro del refugio. Una de ellas rozó mis dedos, mi piel hormigueó un poco, parecido a cuando la sangre tarda en regresar a una extremidad. Retiré el codo y me tensé para contener un grito.

Sobre mi cabeza el peso comenzó a cambiar. Cada movimiento hace que el tronco entero se queje. Los palos superiores se agitaron, algunas hojas cayeron, trozos de corteza se desprendieron. El refugio, por muy camuflado que esté, depende por completo de la estabilidad de esos pilares. El siguiente crujido fue más fuerte y el techo se arqueó. No vi qué lo ocasionó. No sé si tiene ojos, patas, cola o algo para lo que no tengo palabras, solo sé que es grande.

Una rama pesada cayó sobre la estructura y todo el refugio se sacudió. La pared a mi derecha se agrietó, el barro se abrió en líneas finas. Las resplandiolas se balancearon con violencia, lanzando destellos por el interior. Las sombras serpenteantes se rompieron y multiplicaron hasta que dejé de saber qué era real y qué pertenecía solo al juego de luces. Otro golpe. Algo enorme se apoyó sobre el techo y lo aplastó con su peso. Escuché el chasquido de las fibras de cardo telar rompiéndose una a una y el techo se vino abajo sin resistencia.

Ramas, hojas, barro, todo cayó sobre mí. Me encogí por instinto, protegiendo la cabeza con los brazos. La madera golpeó mi espalda, el barro se metió por mi cuello y la presión del nuevo peso cerró el espacio de aire. Una rama más fina rozó mi boca; otra se clavó en la tierra a centímetros de mi costado. Quedé medio sepultado en mi propio refugio. No me atreví a emitir ni un sonido.

Afuera, sobre el montón derrumbado, algo se movió. Esa cosa sabe dónde acomodar cada parte de sus extremidades. Los susurros continuaron.

—Shh… shor… shh…

Dejé de moverme, aplastado bajo el refugio, con barro en los labios y astillas prendidas en mi ropa. Una gota de sangre caliente bajó por mi cuello. Conté respiraciones intentando hacerlas invisibles. Cada vez que el tronco cruje, detengo el aire en mis pulmones. El tiempo perdió forma. Hubo un momento en que el peso sobre los restos del techo comenzó a disminuir. El árbol dejó de quejarse. Ramas se rompieron a lo lejos; la criatura se dirigió a otra parte del bosque.

Seguí sin moverme, ni siquiera cuando el silencio se volvió absoluto. Ni cuando las resplandiolas, milagrosamente intactas bajo el barro, empezaron a extinguir su luz. Tengo miedo de que el gesto más insignificante delate que el refugio sepultado aún resguarda algo vivo. La noche siguió su camino. No dormí, no quiero agregar esta imagen al catálogo de los sueños. Mis músculos están endurecidos, la espalda me arde, mis brazos duelen por mantener protegida mi cabeza. Me quedé quieto en esa espera, escuchando atentamente todo.

Esperé la luz del sol como una sentencia. El arroyo, distante pero presente, me recordó que el mundo sigue moviéndose a pesar de lo que ocurre en él. Respiré despacio, probando el aire con sabor a resina y cansancio. Tengo clara una cosa: mi primer refugio duró una noche. Y esa única noche me declaró con certeza que este lugar, por mucho barro y ramas que use para desaparecer, guarda cosas más allá de mi comprensión. Y que, aunque corra, me entierre o intente desaparecer, sigo atado a un lugar que no me da tregua.