Día Cero
by Mauricio Amione
La mochila de libra cuelga de mi hombro con un peso insoportable, más de lo que su tamaño justifica. Realicé un recuento de lo que lleva dentro: dos cantimploras secas, la libreta de dibujos, la pluma metálica, tres frascos, el pedernal, la cuerda, el cuchillo de Jopan y unas cuantas herramientas pequeñas. Por fuera, tengo enrollada la tela que Afatali me había regalado. Todo lo que queda de mi vida anterior cabe comprimido ahí, golpeando mi costado a cada paso, recordándome que ya no existe nada más. Todo lo necesario para sobrevivir con la excepción de lo más vital. Agua y alimento.
Mis músculos todavía no se acostumbran a moverse después de las noches apretado dentro del árbol. Cada paso se siente como una jornada completa en los campos.
Empecé a caminar sin un rumbo claro, me alejé del árbol hasta donde mi energía me lo permitió. No llegué lejos antes de tener que detenerme a descansar. Muchas cosas que el bosque me ofrece no están registradas en mi libreta, olores dulces y amargos. Insectos con colores vivos y plantas que hacen parecer a las que conozco tristes imitaciones. Es un mapa nuevo y yo camino sin leyendas, con la mente vacía de referencias.
Recordé las lecciones de Silvia. Entre frascos y vapores, hablando de hongos y raíces mientras el vidrio del taller se empañaba con el aliento de las infusiones. Cada palabra suya parece haber estado esperando este momento.
—Raíz de piedra —repetí por dentro para no perder mi uso de razón—. Hojas similares a hiedra venenosa, con una fruta espinada comestible. Alcanucia, un tubérculo de sabor agrio, pero nutritivo. Envengante, el hongo de capas onduladas que da un poco de energía y te mantiene despierto. Hierba solar, una flor con un centro cubierto de pequeños pistilos que siempre apuntan al sol, útil para enfermedades pulmonares.
Y las advertencias girando junto a esos nombres para no cometer errores bajo la hambruna:
—Ruinaalimento, produce vómito y dolor. Turbución, alucinaciones. Pentro, te corroe los intestinos y mueres con dolor. Cincel azulado, deja el organismo inmóvil mientras tu mente se mantiene despierta.
Las imágenes de esas enseñanzas se mezclan con el cansancio y la deshidratación. No puedo asegurar que mi memoria esté acertando del todo, pero mis anotaciones conectaron los puntos que la falta de agua distorsiona en mi mente. Caminé hasta poder encontrar algo que distinga sin espacio para dudas.
Finalmente vi una planta de hojas gruesas, rojizas, que me hizo pensar en la hoja de fuego. Me acerqué con cuidado y con el corazón acelerado, la aceché como si fuera una presa viva que escaparía de mi vista. Las hojas mantienen el mismo rojo vivo que recuerdo. Las nervaduras parecen en su sitio. Rompí una y la savia salió espesa, con un olor ligeramente mineral. Froté un poco en mi antebrazo. Primero sentí un cosquilleo leve, luego un entumecimiento.
—Hoja de fuego —murmuré—. Al menos eso parece.
Deseé que comerla entumeciera mi estómago, pero reconocí esa idea como efecto del cansancio. Aun así, encontrarla e identificarla me dio la pequeña esperanza de no estar completamente indefenso. Que no todo lo que sé está en mi espalda y que este mundo nuevo aún tiene algo que ofrecer incluso para alguien como yo.
Más adelante encontré una planta de tallos largos y espinosos, coronados por un fruto lleno de púas suaves. Parece una versión más salvaje de la raíz de piedra. Tomó un tiempo convencer a mi mente de que vale la pena intentar alimentarme de ella. Saqué el cuchillo de Jopan y abrí el fruto con el mejor cuidado que alguien desesperado puede tener. Alejé las espinas de mis dedos. El centro es blando, de un color pálido que no da señales de un peligro inminente.
Corté un trozo pequeño y lo acerqué a mi boca, sorprendido del poco asco que me dio su consistencia babosa. Lo mastiqué despacio, atento al más leve cambio: ardor, mareo, cualquier señal de veneno. Nada. Esperé un poco y tomé otro pedazo. Luego otro. El hambre no mejoró, pero hizo de mi hueco algo soportable.
Seguí avanzando hasta que mis músculos cedieron por su cuenta y me obligaron a descansar en la base de un tronco grueso. Sacudí las cantimploras vacías, un gesto inútil, ritualístico. Las agité de nuevo con la cabeza caída como si algo diferente fuera a ocurrir. Pensé en el pozo de Elmira, la flor de bronce que diseñé para adornar la salida del agua. Aquí ni siquiera sé dónde está el río más cercano, si es que existe alguno.
Sé que el norte del pueblo tenía acceso a un pequeño arroyo. La presencia de montañas a mi costado derecho me hizo pensar que no debo estar lejos de uno. Sin embargo, el ritmo al que me muevo en mi estado actual crea su propia barrera. Pensé que posiblemente así se sentirían las criaturas que no lograban vernos desde el otro lado del domo. Desplacé la idea de mi mente, reconociendo la distracción que la falta de sustento me causa. Silvia solía decir que donde hubiera insectos bien alimentados, tarde o temprano habría agua.
Cerré los ojos y escuché. Zumbidos lejanos, aleteos dispersos, el leve golpe de algo contra una rama oculta. Seguí el vuelo de un grupo de libélulas grandes, no tan enormes como las de la aldea, pero lo bastante llamativas como para no ignorarlas. Planean en círculos sobrevolando un claro. Cuando me acerqué, lo que encontré fue un área de tierra lodosa, sin algún arroyo visible. El lugar huele a hojas pudriéndose y ramas caídas. Introduje los dedos y la tierra se pegó a mis uñas en grumos.
Intenté excavar hasta encontrar agua. La tierra se hizo menos compacta, más densa, pero no encontré nada líquido, solo barro espeso. Me quedé viendo el pequeño hoyo ridículo que hice, y una risa quiso salir sin lograr hacerlo. Me incorporé de nuevo.
Encontré un parche de hongos junto a un grupo de troncos caídos. Ignoré la destrucción frente a mí y me arrodillé, con la libreta en una mano y el cuchillo en la otra. Unos tienen sombreros redondeados y moteados, ruinaalimento. El dibujo en mi libreta es demasiado parecido, no hay margen para arriesgar. Los dejé donde están. Más al fondo distinguí una formación ondulada, pliegues superpuestos en abanico, envengante. Silvia los cortaba en tiras finas y los dejaba secar en rejillas de madera. Los corté con cuidado y me detuve un momento, atrapado en la posibilidad de haberme equivocado. La voz dura en mi mente se adelantó.
—¿Deteniéndote de nuevo? Lo peor que puede pasar es que sobrevivas.
Masticar envengante es extraño. Tiene una textura elástica, gomosa, y una falta de sabor que por ahora no me hace diferencia. Mi estómago agradeció cualquier cosa que no sea aire. Tomé notas de lo que encontré en la libreta para sentir que sigo siendo la misma persona que dibuja insectos sobre la mesa de madera de la casa.
Al acercarse el final del día regresé al escondite del árbol. No conozco mi entorno como para arriesgarme a dormir en cualquier parte. Pero esta vez tomé refugio en mis dibujos antes que en el escondite; comencé a trazar el camino. Dibujé un mapa burdo de lo que había transcurrido y me di la esperanza de que mis siguientes pasos serían en una dirección nueva.
Entrar de nuevo al árbol es meter la cabeza en un recuerdo rancio. Acomodé la mochila junto a mí. Afuera, el bosque parece haber decidido guardar silencio frente a lo que había ocurrido en Elmira.
La noche desgarró ese silencio. Los susurros regresaron con la oscuridad, rozando la corteza, el suelo y mis oídos.
—Shh… shor… shh…
Estoy cubierto por telas, ramas y raíces, y aun así puedo sentirlo aquí, sobre mí. Íntimo dentro de este pequeño hueco. Abracé mis rodillas y apreté los dientes hasta que la mandíbula me empezó a doler. El sueño llegó tarde, lleno de negrura.
Cuando la mañana alcanzó mi rostro fuera de mi madriguera, todo fue peor y mejor al mismo tiempo. Avancé con pasos cortos en otra dirección, deteniéndome a recuperar el aliento y dibujar el camino más veces de las que quiero admitir. Me repetí que este era el pago mínimo por seguir respirando, y que, si no me dejé morir, tengo la obligación miserable de continuar con esa decisión.
Hubo un momento desesperado en el que casi arranco una raíz pequeña sin importar qué era, mi brazo quedó extendido sobre la tierra, pero mis dedos se atoraron a medio camino. Debí de haber caminado por el sendero de antes. Ni siquiera sé qué tan lejos estoy de Elmira; pueden ser unos cientos de pasos deformados por la urgencia o una distancia inalcanzable. O quizá la falta de alimento juega con mi mente y mi supuesto mapa son trazos aislados de la realidad. Solo puedo confiar en las sensaciones: el peso en mis pies, la tirantez en la espalda, las punzadas en el estómago avisándome que la raíz de piedra y el envengante no serían suficientes durante mucho más tiempo.
—¿Y si regreso a Elmira? —me pregunté. La respuesta llegó sola, sin palabras claras. Lo que me espera ahí es peor que cualquier arboleda. La criatura del sótano parece estarme buscando. Los hombres con palabras desconocidas seguramente siguen ahí, destruyendo y transformando lo que alguna vez creí mío.
La necesidad de comer comenzó a pedirme fuerza que no tengo. Aun si tuviera la necesaria para regresar, aun si mi mente y cuerpo pudieran dar todo lo que soy, sé que intentar recuperar lo que perdí es una idea que ni la deshidratación puede darme la ilusión de conseguir.
Tropecé con algo duro y mi hombro golpeó un tronco resquebrajado. Me incliné para ver qué lo había causado, suponiendo que era una piedra irregular, pero al apartar la tierra con mi bota apareció el caparazón segmentado de un milpiés acorazado. Está parcialmente enterrado, enroscado sobre sí mismo en un círculo como una rueda metálica del tamaño de mis dos manos abiertas. Durante un instante lo di por muerto. Luego llegó un silbido corto, casi imperceptible. Retrocedí de inmediato con una energía que no creí tener, mi corazón golpeando violentamente. El recuerdo de la advertencia de los trabajadores en los canales atravesó mi memoria con la fuerza de un trueno: “Si silba, aléjate. No te esperes”.
El animal se desenroscó y una de sus placas brilló, reflejando el sol. No me detuve a descubrir si lanzó su supuesto líquido corrosivo. Agradecí al destino que, al menos, me haya otorgado esa advertencia antes de arrancarme algo más. Consideré matarlo de alguna manera, su carne es venenosa, pero a lo mejor ese dolor es menor que el del apetito. Pero la presencia del milpiés me recordó algo más importante, la humedad. Esos animales prefieren los suelos blandos, con el agua no tan profunda. Volteé y me fijé mejor en el terreno. La tierra está más oscura, el musgo más abundante y las raíces se ven hinchadas. Seguí esa pista, avanzando con cuidado para no cruzarme otra vez con el milpiés. Aun así, no encontré algo bebible. Solo zonas turbias mezcladas con hojas podridas y musgo con líquido café. Decidí no arriesgarme, aunque todo dentro de mí raspe y quiera beber de ese líquido.
Me tragué los últimos restos de raíz de piedra y un trozo más de envengante seco en el camino de regreso mientras analizo el sendero que tomaría ahora desde mi punto de partida. En la esquina de la hoja observé las líneas que había marcado. Este es el quinto día desde el momento en el que salí por primera vez del hueco al que de nuevo debo regresar. Cuando me acerqué al árbol apareció la otra voz que comencé a conocer más de lo que me gustaría.
—No eres siquiera capaz de morir cuando todo te lo pide. Al menos puedes alimentar a los insectos que tanto amas.
Mi voz, más pequeña, intenta ignorarlo, respondiéndome a mí mismo con instrucciones deshilachadas.
—Necesitas agua, necesitas moverte. Puedes hacer algo…
Pero las palabras se deshicieron antes de tomar forma. El miedo sigue pegado a mi piel, miedo a que los susurros no pertenezcan únicamente a mi mente, miedo a morir, miedo a las imágenes que crean mis ideas. Repetí las órdenes en silencio:
—Agua, comida, un nuevo camino.
Mis intentos desesperados por sobrevivir con esos objetivos sin merecerlo se sintieron como una traición más.
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