Selección
by Mauricio Amione
Permanecí detrás de ambos, atento a sus voces. Los escuché comentar sobre un rumor que se había esparcido por los pasillos de la Academia.
—Lo que vio Naura… —preguntó Goz.
—¿El monstruo del bosque? —repitió Afatali, conteniendo una risa con un pequeño tono burlón.
—Sí —dijo él, con completa seriedad—. ¿Lo encontraron?
Ella sonrió, con los ojos cerrados, y ladeó un poco la cabeza, entretenida. Después de un suspiro corto respondió:
—Era una simple libra. Unas crecen tanto que ya no pueden entrar.
Al escucharla, mi mente se fue directo hacia la memoria de esas criaturas. Roedores enormes, con formas musculosas cubiertas por un pelaje espeso. Orejas largas que vibran ante cualquier ruido y patas delgadas capaces de impulsarlas por encima de la altura de una persona. Sus incisivos destrozan raíces duras que ningún otro animal puede aprovechar. A pesar de su tamaño, intimidan más de lo que deberían, pero en realidad viven asustadas. Se quedan inmóviles cuando perciben peligro, confiando en que la quietud las vuelve inexistentes, y luego, cuando encuentran una oportunidad, huyen en un estallido repentino.
Aquí las cazamos, aunque no son nuestra fuente principal de alimento. Sus pieles son lo más valioso. La mochila que cargo ahora está hecha con una de ellas y todavía conserva un olor terroso que siempre me lleva a los bordes de la ciudad, a casa.
Aparecieron también en mi memoria las libélulas gigantes. Mucho más comunes que las libras y con una carne rica en proteína. Tienen un tórax grueso, lleno de energía y cuatro alas transparentes sosteniendo todo ese peso sin esfuerzo, tomando vuelos largos sobre los ríos. Impresionan a cualquiera que no las vea con frecuencia, a quien casi nunca abandona las calles centrales, aunque en esencia son inofensivas. Las alas sirven para artesanías coloridas. En Elmira dependemos mucho más de ellas que de cualquier otro animal.
—¡No! —exclamó Goz de pronto.
Ese grito arrancó de golpe mis pensamientos. De nuevo me perdí en ideas sobre animales mientras el mundo sigue avanzando. Al parecer Goz insistía ahora en que lo que Naura había visto era más grande que una libra, que no alcanzó a distinguirlo bien porque ya estaba oscuro, pero que estaba seguro de que no se trataba de ellas.
—De cualquier forma no puede entrar, así que no hay por qué preocuparse, monstruo o no —dijo Afatali con firmeza—. Además, si llegara a hacerlo, nos tienes a nosotros para protegerte.
Mientras hablaba giró de nuevo la cabeza hacia mí. Me encontró caminando en silencio, con la atención fija en el pilar central. Aun distraído, sigo escuchando todo. Mis exploraciones me llevan con frecuencia al contorno del domo, en busca de nuevas criaturas para dibujar, y sé que Afatali tiene razón. Yo mismo he visto animales incapaces de cruzar. Más de una vez apoyé mi brazo contra ese límite firme y transparente. No duele, pero tampoco cede. Nunca lo he sentido como una prisión, es más como una frontera natural que ha estado allí desde siempre. Aun así, cada vez que rozo esa superficie la misma idea regresa a mí, una pregunta silenciosa: ¿Qué otros seres viven más allá?
Me sumergí de nuevo en mis pensamientos. Cerca del límite aparecen plantas e insectos que nunca hemos visto, los más extraños que encuentro en mis recorridos viven ahora para siempre en mis cuadernos. En esa franja brotan formas nuevas, hojas con venas repetidas en espirales perfectas, caparazones con patrones que imitan los hexágonos de Elmira, flores que se inclinan hacia la luz como si respondieran a un llamado. No me parece una locura pensar que Naura haya observado algo desconocido.
Además, Boferr, mentor de la granja sur donde trabajo, hace poco me contó sobre cortes extraños en la piedra de una columna perimetral. Por lo que me dijo, no se parecían a los arañazos de las libras. Eran incisiones profundas, curvas, con un inicio limpio y un final cortado, marcas que daban la impresión de haber sido clavadas desde el exterior hacia adentro, con insistencia. Cuando habló de eso, Jair, otro de los granjeros, repitió haber escuchado que en esa misma dirección habían encontrado restos de animales destrozados de manera violenta y sanguinaria, cadáveres despedazados pegados a la membrana, justo donde la sombra del bosque se intensifica.
Tengo presentes también los rebaños en los bordes. Las libras pastan a pocos pasos de la tela luminosa, flancos pegados al resplandor, y aun así se mueven como si al otro lado no hubiera ciudad, ni calles, ni mis intentos de detallarlos de mejor manera en papel. Desde dentro podemos seguir cada uno de sus pasos, distinguir el brillo de sus ojos, contar los insectos que les recorren el lomo, pero ellas no reaccionan a nuestra presencia. Incluso he visto a cazadores atravesar el estómago de libras con facilidad y arrastrarlas dentro del domo. Para las especies de afuera, el interior parece ser una simple capa de luz sin contenido.
A veces, sin embargo, su comportamiento cambia. Cuando comienza a caer la noche he visto cómo sus cabezas se alzan al unísono hacia la oscuridad, hacia un punto lejano, como si algo caminara por fuera del alcance de nuestra vista. Los insectos se quedan inmóviles, alineados cerca del domo, con antenas tensas en dirección a un mismo punto del exterior, y luego todo regresa a la normalidad, sin rastro de lo que provocó esa tensión. Ninguna de las criaturas parece registrar a la gente de Elmira.
Recordé también los días en la Academia, cuando nos enseñaban que los antiguos precursores llegaron en buques inmensos que transportaban los cimientos de la vida. Dicen que esos navíos eligieron qué especies poblarían este mundo y que el propósito de cada ser se revela el día de nuestra selección. Nunca nos instruyeron sobre las cosas que se quedaron afuera, lejos de nuestro alcance.
Como descendientes de aquellos viajeros, nuestro deber es mantener estable la aldea y expandir nuestra influencia. Cada solsticio el umbral avanza treinta metros. Para muchos es un detalle minúsculo. Para mí, una constante fuente de frustración. Solía tener un deseo profundo. Acelerar el proceso, aprender bajo la guía de Anisa, ser elegido y superar las expectativas. Empujar los límites hasta el punto más recóndito del mundo, al grado de que el interior se volviera más vasto que cualquier exterior.
Cada dos solsticios aparecen nuevas especies de plantas o insectos, pero nunca más grandes. Aun así, la pregunta que siempre me hago se repitió: ¿Por qué necesitamos la protección del domo? Solo Afatali escuchó esa duda una vez. Su respuesta llegó rápida y cortante: “Tal vez por eso eres granjero. No entiendes la complejidad de mantener una aldea como esta”. Sé que así piensa la mayoría. Elmira se mantiene en calma, envuelta en luz, sin un peligro que obligue a nadie a hacerse preguntas.
Pocos tocan el tema. Jopan habla de sus sueños de trabajar con metales desconocidos, materiales de los que sabemos por los registros antiguos. Repite de vez en cuando que afuera deben existir cosas que nuestra mente no tiene forma de comprender. Otros, en cambio, agradecen la protección que nos rodea y repiten las lecciones de la Academia: los precursores nos encerraron por nuestro bien, el exterior es un campo de muerte, vacío y oscuro. Pero si algo tan simple como una libra puede pastar afuera, si insectos diminutos encuentran alimento y refugio más allá de la membrana, ¿no confirma eso una grieta?
Llegamos a nuestro objetivo antes de sentirme cómodo con el destino de nuestro camino, el pilar. En su base comenzaron a reunirse los oyentes y jóvenes para el evento que se repite cada dos solsticios. A pesar de habernos esperado, Goz logró llegar sin retrasos.
—¿Estás listo? —le preguntó Afatali, dándole un pequeño empujón de ánimo con la voz.
—¡Sí! —respondió Goz, cargado de entusiasmo.
Comparé su seguridad con la que yo mostré esta misma mañana. Algo en esa diferencia me incomoda, pero al mismo tiempo despierta un interés con el que no sé cómo lidiar.
El salón recibió en su espacio curvo a los pocos jóvenes que se alistaron para la selección, a quienes buscan nuevos aprendices y a quienes desean escuchar la voz de Elmira traducida por Anisa. Todo avanzó con la monotonía de un ritual practicado durante incontables ciclos. El salón tiene una forma de media luna adosada a la columna. Las butacas de madera y los adornos en las paredes dan la sensación de estar dentro del mecanismo que utilizo para iluminar mi cuarto. En el centro se extiende una explanada de madera destinada a los anuncios importantes y, por supuesto, a la selección de los llamados.
Junto a ella, en la unión con la piedra gris, se encuentra la tableta, un cuadrado de tono oscuro, de dos metros por lado. En la base se alinean pequeñas cadenas, correas, palancas diminutas y mecanismos circulares de bronce que parecen hechos para encajar con los dedos de Anisa, decorados con finas dentaduras. Ver el lugar de nuevo inundó mi mente de recuerdos ásperos sobre mi propio proceso.
La corriente de gente se detuvo y las puertas del salón se cerraron con un golpe pesado que viajó hasta el techo de madera tratada, muy por encima de nuestras cabezas. Ese retumbar sonó como un grito del pilar ordenando silencio. La selección está por comenzar. Afatali acompañó a Goz hasta el centro, donde los jóvenes formaron una fila, y al poco tiempo regresó a su asiento junto a mí. El murmullo de los presentes fue cambiando hasta convertirse en una calma que se adueñó de la sala.
El golpeteo de las botas elegantes de la lectora de runas resonó sobre las paredes del material grisáceo pulido. Su vestido de seda teñida de naranja por los mirasoles la integró a la maquinaria del lugar. Las pequeñas placas de cobre que la adornan devuelven la luz que entra por las enormes ventanas del lugar, haciéndola brillar en sincronía con el entorno.
La observé presionar los discos metálicos con una resistencia suave que solo ella domina. Cada movimiento libera un suspiro de vapor y cobre, un eco que recorre el salón y se mezcla con los nuevos murmullos del público. Sentí cómo el sonido mecánico se transformó en una melodía privada, algo que parece haber sido compuesto solo para mis oídos. Por un instante, todo a mi alrededor se desvaneció, el aire, las voces, incluso mi figura sobre la banca. Solo quedó el ritmo de la máquina y el recuerdo de la esperanza.
—Ya se ve un poco desgastada, ¿no? —preguntó Afatali, arrancándome de mi trance.
—¿El pilar? —dije sin pensar.
—No, ¿el pilar? Hablo de Anisa. Parece tener un pie en la tumba, y el vestido ya no le queda —replicó con una sonrisa.
A veces parece vivir en un mundo completamente distinto. Pero esa facilidad, esa habilidad de notar detalles que yo paso por alto, ejerce sobre mí una fuerza sobrenatural.
Del mismo modo que mi “propósito” no es el que deseaba, tampoco hay indicios de haber sido llamado por ella. Confiaba en que el tiempo terminaría por cambiar, o al menos entumecer en mí ese sentimiento, igual que lo había hecho con mi frustración después de la selección. Sin embargo, en este momento todas mis heridas parecen abrirse al mismo tiempo.
Antes de poder agregar algo, los artefactos en las paredes comenzaron a moverse. El rechinido del despertar del pilar es intenso, uno que siempre trae destino. La tableta cobró vida cuando el ruido se detuvo, mostrando runas blancas y desconocidas. Uno tras otro, los caracteres formaron columnas de información visibles para todos, pero legibles solo para la erudita. Ella aclaró la garganta y, apoyándose en el expansor de voz que tiene enfrente, comenzó a recitar:
De los buques celestiales nacimos,
portadores del fuego y la semilla.
En la oscuridad viajamos sin nombre,
hasta que la tierra nos llamó por fin.
Elmira floreció de metal y sangre,
hija de los cielos, madre del solsticio.
Su raíz es memoria,
su respiro, creación.
Que la voz del cielo nos alcance,
que la lectora escuche el pulso divino.
Por su palabra huyen los antiguos,
por su aliento despiertan los mecanismos.
Todo trabajo es sagrado,
toda mano sostiene el equilibrio.
Desde quien riega la tierra con sudor,
hasta quien descifra los signos del firmamento.
Ninguno camina solo,
pues la rueda gira para todos.
La comunidad es el alma de Elmira,
y el alma de Elmira es eterna.
Que este solsticio renueve la obra,
que el ciclo retorne y el nombre sea dado.
Así los cielos recuerdan,
así la tierra responde,
así Elmira continúa su canto.
No había sido lo bastante consciente como para comprender el contenido de aquel discurso. Lo escuché dieciséis solsticios atrás, pero jamás noté la burla que hace de mi vida. Esa exaltación al trabajo sagrado, desde la posición más baja hasta la más alta. Repetí en mi mente una línea que se clavó en mí: “desde quien riega la tierra con sudor hasta quien descifra los signos del firmamento”. Cerré el puño derecho con fuerza, pero antes de que los dedos quebraran mi piel, una mano se posó sobre mi brazo y deshizo la tensión.
—Ya va a comenzar —dijo Afatali, acercándose un poco más.
Inmóvil por el gesto, sentí el calor de su mano. Mi corazón late con violencia. Pensé que quizá atravesaría ese evento sin nuevas heridas, incluso con una esperanza torpe intentando formarse de nuevo.
El proceso continuó. Uno a uno, los jóvenes subieron al estrado y las runas definieron su llamado. Anisa recitó para cada uno los distintos roles: médico, herrero, cazador, carpintero, historiador, cocinero, instructor, administrador, curtidor. Uno por uno recibieron su designación y fueron recogidos por sus nuevos instructores, encargados de guiarlos hacia el trabajo que Elmira les asignó.
—Espero que Goz sea carpintero —comentó Afatali, apretando mi brazo.
Pero cuando llegó el turno de Goz, la voz de Anisa retumbó por toda la curvatura del salón.
—Gozemi, lector de runas.
El auditorio entero tornó la mirada hacia él. Tras un par de parpadeos, Goz pareció no entender lo que había escuchado. Anisa le indicó con un gesto que se acercara y tomara asiento detrás de ella, junto a la maquinaria. El murmullo del público creció. Ochenta solsticios transcurrieron desde la última vez que alguien fue elegido como lector. Lo vi avanzar con la incertidumbre que todos compartimos y me pregunté si la voz de Elmira había cometido un error, o si simplemente me había borrado de su memoria desde el inicio.
—Nafir… —suspiró Afatali, conociendo el origen de mi dolor.
—No te preocupes —dije, sacudiendo lentamente la cabeza y colocando mi mano libre sobre la suya.
Durante un instante, el murmullo del público pareció desvanecerse. Sé que no puedo ocultar el dolor, la punzada silenciosa de sentirme olvidado por el destino. Pero en el calor de su piel, en la forma en la que ella permanece aquí, tan cercana y viva, distinguí otra clase de llamado. Uno que no nace de las runas, ni del pilar, ni de Elmira. Nace de algo más sencillo y humano.
How was this chapter?
Only Mauricio Amione can see what you send; it will be anonymous.