El Río
by Mauricio Amione
Sufrí la noche como una eternidad, enterrado bajo el montón de barro y madera. El refugio está perdido, solo quedan sus restos pesando sobre mí. Esperé una muerte anunciada que nunca llegó. El silencio del bosque cambió de tono y el frío de lo que quedó expuesto de mi cuerpo comenzó a ceder. El sol está arriba y yo sigo aquí, pegado a la tierra, un insecto aplastado debajo de un tronco.
Me arrastré hacia afuera con movimientos adoloridos. Mi cara arde de rasguños, tengo las rodillas entumecidas y mi mejilla aún sangra, la cortada es profunda. El río es lo único que suena a un amparo. Está tan cerca que su melodía se impone incluso sobre el zumbido dentro de mi cabeza. Me levanté como pude y caminé tambaleante en dirección a él. La superficie reflejó fragmentos del cielo gris entre restos vegetales flotantes. Hay zonas donde el flujo se hace más lento, un área profunda entre rocas lisas. Me arrodillé en esa orilla, cayendo de bruces, y estiré la mano hacia el agua tras verme muerto tantas veces.
Quebré la imagen triste de mi rostro al hundir ambas manos y las llené del líquido evasor. Llevé agua a mi cara para limpiar la herida y después a mi boca para acompañar mi estómago. El primer sorbo me supo a algo que no merezco.
Continué bebiendo y limpiando mientras la sangre deja el espacio aún más turbio. Un crujido sordo llegó antes de poder comprender lo que ocurrió. El ruido de dos rocas partiéndose bajo el agua. En cuanto mis dedos volvieron a tocar la superficie, el río estalló frente a mí. Una cabeza salió disparada desde las sombras líquidas. Lo primero que vi fue su coraza. Placas óseas gruesas, llenas de espinas hacia afuera, como fragmentos incrustados sobre un cráneo de hueso manchado. La boca se abrió en un arco exagerado, revelando mandíbulas que, al cerrarse, produjeron un chasquido capaz de partir el tronco de un árbol delgado.
El golpe del agua me dio directo en el rostro y una de las púas raspó mi cuello. Caí hacia atrás, empapado, mi corazón golpeó con una velocidad acelerada por el susto. El pez volvió a hundirse. Bajo la superficie puedo ver una silueta del tamaño de mi torso, la criatura giró en pequeños círculos sin alejarse. De vez en cuando quiebra el agua, lo suficiente para dejar ver la línea de espinas que recorre su lomo, levantadas como una muralla de púas.
Mi cabeza estuvo muy cerca del agua. Un poco más inclinada y esa mordida habría cerrado en mi carne. La música del río ya no suena pacífica. Me aparté a gatas hasta quedar fuera del alcance inmediato de la bestia. Mis brazos están endebles y mi mente repitió que el río es peligroso, un campo de caza, pero que aun así necesito beber.
Algo más se apoderó de mí. Observé al pez. Bajo el río, su armadura es una roca en movimiento. Aunque, si logro matarlo, tendré carne. Abundante, para varios días. Suficiente para dejar de ser un espectro. Y si fallo, espero al menos poder asegurar un fin con poco dolor. Respiré despacio un par de veces. El filo del miedo me acosa pero, frente a él, la necesidad de vivir lo empuja hacia atrás. La voz cruel dentro de mi cabeza habló con desprecio:
—No vas a lograr nada.
Limpié el agua de mi rostro con mi antebrazo y cerré los dedos alrededor del mango del cuchillo. Tal vez no, pero de cualquier forma lo voy a intentar.
Me alejé de la ribera para pensar. Si me lanzo directamente al agua, lo único que conseguiré será perder un brazo, y el cuchillo con eso. Necesito distancia o alguna forma de convertir el miedo en algo útil. Tomé un poco de arcilla del agujero que había hecho y cubrí mis heridas. Ideas cruzaron mi mente, desfilando una tras otra. Una de ellas se presentó con más seguridad que el resto.
El cuchillo es lo mejor que tengo. El mango, con su pequeño detalle de bronce incrustado, parece recién forjado. El filo no está gastado a pesar del uso. No puedo arriesgarme a perderlo. Tomé una rama recta del derrumbe de mis errores. Es más alta que yo y lo bastante gruesa para no astillarse a la primera estocada. Me senté con la espalda contra un tronco y empecé a afilar uno de los extremos con el cuchillo. Utilicé trazos pacientes, imitando lo que vi cuando Afatali trabajaba con madera. Las virutas cayeron sobre mis piernas.
Retiré todas las capas inservibles para poder convertir la rama desnuda que no pudo protegerme ni una sola noche en algo parecido a la base de una lanza, ligera para mi gusto, pero práctica. Até el cuchillo a la moharra con cuerda y la tensé. La hoja metálica quedó firme. Ni Jopan ni ella aprobarían mi improvisación triste de granjero. Probé su peso dando un par de clavadas al aire. Es irregular, muy cargada hacia adelante, pero si logro mantenerla recta, puedo atravesar algo. La voz en mi cabeza se rio nuevamente.
—No sabes hacer nudos, vas a perder el cuchillo.
Aseguré cuatro veces la punta cuando noté que la cuerda se hizo débil al poco tiempo. Clavé la tierra una y otra vez hasta que la voz perdió fuerza.
Regresé al río. Esta vez evité el punto exacto donde me atacó. Caminé paralelo al cauce, buscando un tramo menos profundo, un lugar donde el agua corra con más calma y pueda ver lo que sucede con mayor claridad. Cerca de unas rocas enormes la corriente forma un recodo. El agua se mueve más despacio y deja ver el fondo pedregoso con claridad. Si logro atraer al pez hasta este sitio, tendré una mejor oportunidad. Pensé en lo que probablemente lo atrajo inicialmente, tal vez mi figura o mi sangre. Necesito carnada.
Exploré un poco y el olor me guió sin necesidad de utilizar mucho la vista. A distancia corta de la orilla, entre matorrales y troncos derrumbados con rasgaduras extrañas, encontré un animal muerto. No sé qué es. Es más grande que una libra, de piel negra, con patas delgadas y lo que parece ser un ala. La carne está hinchada por putrefacción, la piel desprendida en varios puntos. El hedor es fuerte, al punto de hacer el aire a un lado con la mano por su densidad. Tomé el cadáver con el estómago revuelto. No sé si comería algo así algún día, si llegará un punto en el que el hambre me obligue a eso, pero la idea subió junto con el asco. Ni el carnicero, Samir, habría sabido qué hacer con algo así. Tal vez está demasiado avanzado en la descomposición como para ser útil. Lo arrastré hasta la orilla del río, conteniendo las náuseas.
Aseguré la cuerda al tronco de un árbol y busqué cómo colocarla en el cuerpo del ave deforme. Amarré lo que creo es su estómago y apreté. Tripas salieron de una abertura en su espalda. Escupí a mi lado tratando de contener lo poco que queda en mi estómago. Hice una pausa para calmarme. El cráneo parece una mejor opción; lo até sin problemas, pero algo que disipó todo olor me llamó la atención. El rostro de esta criatura.
Las mandíbulas son dos colmillos curvos verticales enormes donde el pico debería estar, cerrándose hacia arriba en lugar de hacia los lados como las de un ciempiés. Tiene un pico pequeño en el interior que se abre en cuatro, parece una flor sin abrir. Dentro de ese pico esperé ver el agujero interno, pero tiene… ¿piel? ¿Labios? No estoy seguro del todo.
Le di la vuelta a la cabeza en mis manos, las mandíbulas me distrajeron. Viendo el resto, todo tiene menos sentido aún. El agujero de los ojos, descubierto por la falta de piel en el animal, da directamente hacia el frente. He recogido, espantado y cazado cientos de pájaros en la granja. Nada que vuela tiene ojos en el frente ni una forma tan redonda. Toqué mi propia cabeza por reflejo. Además, el hueso parece cambiar de forma drásticamente, como cuando Jopan une dos metales con calor.
Sudor helado corrió por mi espalda, la sed sigue en mí como una espina atorada. Me prometí no beber hasta terminar con esto. Esa espina me recordó la importancia de lo que estoy haciendo. Coloqué el cadáver en el agua poco profunda y esperé.
El sol subió a su punto más alto cuando una sombra se deslizó bajo la superficie. Las púas de su dorso se insinuaron en el agua de nuevo. Se acercó al animal muerto. Lo rodeó una vez. Luego otra. Al final se decidió. Abrió las mandíbulas y las cerró sobre la carne glutinosa. El crujido sonó a un hacha destrozando leña. Esa cosa podría hacer lo mismo con mis huesos sin esfuerzo.
Me posicioné sobre una de las rocas grandes, con la lanza improvisada apoyada en el suelo, y medí la distancia. Esperé a que el pez se colocara en ángulo con la orilla, lo bastante cerca para que la punta pueda alcanzar su cuerpo. Respiré profundamente a pesar del olor, no debo pensar mucho. Conté mis latidos y me acerqué más al festín, colocando un pie cerca del agua. El pez movió la cola, pero sigue prendido de la carnada. Levanté la lanza con ambas manos y la enterré hacia abajo con toda la fuerza que pude reunir. La punta golpeó la coraza. El impacto vibró desde mis brazos hasta los hombros y solté el arma. Con un esfuerzo que me sorprendió logré mantener el equilibrio. La lanza rebotó hacia un lado y cayó al agua.
El pez reaccionó enseguida. Giró hacia mí con la boca entreabierta, intentando calcular mi silueta antes de arrancarla de la orilla. Retrocedí de golpe, resbalando sobre las piedras mojadas. Caí de espaldas sobre una que sobresale del río y el dolor me hizo rodar e introducir medio cuerpo al agua. La cabeza blindada comenzó su embestida.
Adentré más los pies y pateé por instinto hacia un costado, levantando una ola. Mi pie conectó con su cabeza y cambió su trayecto. Desubicado, se estrelló contra una roca cercana. El crujido que escuché provenir de esa piedra me dejó claro que no soportaría un golpe así. Rodé hacia atrás y me arrastré lejos de la orilla con una mano sobre mi columna, intentando suavizar el golpe. La voz en mi cabeza no desaprovechó el momento.
—Te lo dije.
Intenté recuperar el aire. Vi el río, la lanza sigue allí, flotando en la orilla opuesta del recodo, con el cuchillo todavía atado a la rama. Al menos no perdí eso. El pez dio una vuelta más, desconfiado ahora, pero no se marchó. Volvió a morder el animal muerto. La sangre y los restos en el agua parecen entretenerlo mejor que yo. Tengo otra oportunidad. Pero esta vez necesito un punto blando más sencillo de atacar. Articulaciones de la mandíbula. Algún hueco entre placas.
Recuperé la lanza y me aproximé al recodo por el lado opuesto, buscando un ángulo distinto. Esta vez no me incorporé por completo, permanecí agachado junto a la roca, con los pies bien plantados. Sostuve la lanza como una prolongación recta de mis brazos y esperé a que el pez cruzara frente a mí.
Cuando lo hizo, vi un espacio entre las placas del costado, justo detrás de la cabeza. Las agallas, ese es el punto. Empujé la lanza hacia adelante en lugar de hacia abajo. Toda la fuerza que me queda se fue en ese movimiento. Quemé mis dedos con la fricción de la madera. Mis brazos vibraron del esfuerzo. Esta vez no fallé. La punta se hundió en su cuerpo. Sentí la resistencia y luego el desgarro. El pez se agitó con violencia. La lanza casi sale disparada de mí, pero la sujeté con todo lo que la energía renovada tras acertar me otorgó. El animal golpeó el agua, levantándola, chasqueando las mandíbulas una y otra vez, mordiendo el agua, tratando de separarse del dolor.
Me arrastró casi completo hacia el río, mis rodillas rasparon en las rocas. Por un momento creí que me iba a jalar dentro. Grité, no sé si de miedo o de esfuerzo. Me volteé de espaldas, acostado sobre la piedra y me incliné hacia arriba, usando mi hombro para mantener la lanza donde está, sin que salga de su cuerpo. El cuchillo de Jopan se encuentra enterrado más allá de la hoja. Mi anhelo más grande es que la rama resista, la he visto doblarse, caerse y transformarse, pero no romperse. Cada espasmo recorrió mis brazos en sacudidas.
El río se tornó rojizo. Los movimientos se hicieron más desordenados, hasta que, al fin, la tensión empezó a ceder. Las mandíbulas dejaron de abrirse. La cola se agitó un par de veces más. Después, el cadáver quedó inmóvil, atravesado por mi lanza.
Mis brazos están duros. Mi corazón golpea dentro de mis orejas. El olor a sangre fresca llenó el aire, mezclado con la descomposición de lo que quedó de la carnada. Solo cuando estuve seguro de que ya no habría resistencia, arrastré el pez hacia la orilla. En comparación conmigo es enorme. La coraza sigue viéndose impenetrable, pero debajo, estoy seguro de que hay carne suficiente para varios días. Me dejé caer a su lado, empapado, y la voz cruel habló otra vez.
—Tuviste suerte.
No tengo aire para discutir. Me quedé viendo al animal que casi me arranca la vida, ahora quieto, a mi lado. Con esta experiencia llegó a mí un sentimiento de algo que no trae únicamente miedo o culpa: logro, al fin.
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