La Academia
by Mauricio Amione
—¿Perdido de nuevo, Nafir? —escuché a mis espaldas.
Reconocí la voz antes de girar. Cuando me di la vuelta, la encontré más cerca de lo que esperaba. Afatali me supera por poco en altura, pero su presencia siempre parece mantenida con una seguridad firme. Las facciones suaves liman la rudeza natural de su cuerpo, y su cabello castaño, largo, suelto, ligeramente enredado por la brisa de la mañana, brilla con un cuidado paciente de quienes utilizan miel en lugar de prisa. Ese pelo cae sobre la fuerza que despide y contrasta con la oscuridad del mío, parece ser una calma sólida sostenida en carne y músculo, un equilibrio que jamás he logrado entender.
Mi aspecto suave, a pesar de tener manos ásperas por el trabajo, y mi composición delgada parecen aún más pequeñas frente a ella.
No sé exactamente por qué sigue buscándome desde hace trece solsticios, cuando apareció en la granja para reforzar las estructuras y me encontró sumergido entre tierra, herramientas y decepción. Desconozco si se acercó a mí por compasión o curiosidad, pero desde entonces comenzó a presentarse con pretextos de revisar marcos, apuntalar vigas o ajustar uniones que no necesitaban tanta ayuda, hasta que su presencia se volvió parte del orden de mis días. No somos familia, ni compañeros de oficio, ni nada que pueda decir sin que mi voz titubee, pero aun ahora, cada vez que ella aparece frente a mí, me invade la sensación de que le debo mi ser entero por no haberme dejado desmoronar en aquella granja a la que recién había sido asignado.
—Te busqué en tu casa. ¿Estás listo? —preguntó.
Quise decir que sí, que lo estaba. Mi boca eligió otra respuesta:
—Nunca… pero espera un poco —bromeé, con la sensación de hacerlo como una especie de escudo.
Con el rostro todavía mojado, regresé a mi hogar. Cambié la ropa de descanso por las prendas del día, me puse las botas con rapidez y, con un pequeño salto para encajar el talón, crucé de nuevo el umbral para reunirme con ella.
—Gracias por aceptar acompañarme —dijo con una sonrisa—, sabes que eres importante para Goz.
Devolví su gesto de una forma que se siente frágil en mi cara, fingiendo que todo está en orden, mientras mi corazón insiste en buscar una salida entre las costillas para ir a esconderse en sus labios. Caminamos lado a lado, adentrándonos en la aldea, y no pude evitar voltear mi cabeza para contemplar mi propia casa desde fuera: madera, lámina, piedra y barro ensamblados con mi esfuerzo, un intento de darle a mi vida forma y armazón.
Las casas cercanas al corazón de Elmira cambian sus materiales gradualmente. Primero barro, luego ladrillo. Y, al acercarnos al pilar central, comienza una piedra gris que nadie sabe reproducir; un material que parece haber estado ahí desde el comienzo, levantado como un molde pensado para nuestra aldea, la misma roca de la que nacen las columnas que sostienen la membrana de la ciudad.
Elmira siempre ha sido así. Cada persona, cada construcción, tiene un propósito y lo demuestra en sus materiales.
Los niños nacen en una casa con un padre y una madre, pero su crianza está a cargo de la comunidad entera. Tras las primeras diez noches de nuestro primer suspiro somos llevados a la Academia. Ahí dentro, la atención es compartida. Todos somos hermanos y al mismo tiempo estamos solos. En este lugar, los niños, a los treinta solsticios de edad, reciben un oficio durante la selección. De ahí en adelante, nuestro padre es quien quiera que sea el mentor de nuestro llamado.
Los lazos familiares no tienen valor para la mayoría. Nadie puede asegurar con certeza quién es hijo de quién, y aun así, cada adulto se mueve y habla como si lo fuera. Silvia, la apotecaria, puede ser tan madre como Rael, el cantero; Anisa, la lectora de las palabras que aparecen en la base del pilar a las que nombramos “runas”, puede guiar con el mismo peso de cualquier padre.
Nunca fue un misterio para mí por qué anhelaba pertenecer al trabajo de Anisa. No compartimos rasgos ni historia, pero su manera de estudiar nuestro mundo de manera metódica, casi reverente, me hace sentir que habitamos un lenguaje parecido, incluso cuando jamás he tenido una sola runa frente a mis ojos. Pero el día de mi selección…
—Nafir, granjero —había dicho ella, sin una sola duda.
Recuerdo el sonido de la sala, la respiración detenida. Sobre todo recuerdo la sensación en mi estómago. Algo que, sin tenerlo consciente, me había sostenido desde niño se soltó de golpe y me dejó caer sin previo aviso, llevándome a una desilusión de mi propia existencia.
Dieciséis solsticios desde ese entonces. Durante varios días vagué por Elmira preguntándome por qué el destino se había sentido tan ajeno, tan indiferente conmigo. Dina, la cuidadora que me enseñó todo lo que sé de cosecha en aquel tiempo, gastó un solsticio invernal entero en descubrir cómo hacerme entrar en razón.
A pesar de tener un par de asignados más que ahora trabajan en la granja norte, ella siempre había tomado un interés particular en que aceptara mi destino. “Las plantas crecen sin preguntarse por qué su tierra es menos fértil”, siempre me decía. Pero mientras ella podía ver crecimiento en cualquier situación, yo pensaba en las semillas que nunca brotaron, las que jamás tuvieron oportunidad de florecer.
Con el paso de los ciclos, sin embargo, descubrí otra cosa. Que la naturaleza también habla. Si uno prestaba suficiente atención, las raíces, los insectos, el trigo, todos ellos conservan un orden, un lenguaje, una coherencia propia. Quizá no son runas, pero se sienten igual de profundas. Aprendí a leerlas. Ese se volvió mi arte silencioso. Un arte que me habría gustado mostrarle a Dina, si aún compartiera este aire con nosotros.
Tras su muerte he pasado largas jornadas conversando con Silvia sobre hierbas, con Tod sobre fermentos, con Jopan sobre mecanismos, y poco a poco, la vida que nunca quise se transformó en una vida que me habla, una que puedo entender. No sé en qué momento dejé de pensar en mi llamado. Solo, un día cualquiera, dejó de doler tanto. Hasta ahora.
A mitad del camino, Afatali y yo nos detuvimos frente a una de las edificaciones más imponentes de toda Elmira.
—La Academia —murmuré sin darme cuenta.
—Espera aquí, voy por Goz —dijo ella, antes de entrar.
La vi subir con pasos firmes los escalones de piedra y desaparecer entre las puertas de madera. No he cruzado ese umbral desde la selección. Tener el edificio de nuevo frente a mí apretó mi estómago. Mientras la esperé, mi vista se fue directo a la placa colocada al lado de la entrada. Leí una vez. Y otra. Y otra.
La Academia
Fundada Is.
Por un bien común
Por un bien común, pensé. Recordé a los fundadores, en tiempos tan lejanos que ya no quedan relatos completos. Generaciones nos separan de ese primer amanecer. Y ahora, aquí estábamos, solsticio cuatrocientos cincuenta y dos. En otra vida, en otra mañana, yo estaría recogiendo cosecha, preparándome para el frío, revisando brotes. Nada de esto formaría parte de mi día si no fuera por ella.
Cuando Afatali me pidió acompañarla para presenciar la nueva selección, me tomó desprevenido. Siempre me resultó difícil negarle algo. Su voz lleva firmeza y a su vez una calidez capaz de deshacer cualquier protesta antes de que llegue a formarse. Aun así, justo en este instante, frente a la placa, con todos los recuerdos antiguos agitados en mi mente, sentí un deseo real de negarme. Pero es muy tarde.
Descendió por los escalones junto a Goz, quien, según Afatali, se parece tanto a mí que ella bromeaba diciendo que éramos hermanos. Yo no puedo ver esa similitud, él es más pequeño y robusto a la vez. Su cabello riza aún más que el mío y tiene un tono más claro. Si de hermanos se tratara, ellos parecen encajar perfectamente. La luz de la mañana les golpeó la espalda.
—Hola, Goz. ¿Nervioso? —pregunté.
—Un poco, pero ten. —Introdujo su mano en su bolsillo y me entregó un papel doblado en cuatro—. Traté de dibujarlo lo mejor que pude.
Tomé el regalo y lo desenvolví con cuidado. Es el dibujo de un escarabajo, no puedo decir con exactitud cuál. Aun así atesoré su intento.
—Te quedó muy bien, lo voy a poner en mi pared cuando regrese a la casa junto a los míos —respondí, guardando el dibujo.
—Gracias por acompañarnos —dijo Afatali, posando una mano sobre mi hombro.
No respondí. El calor de sus dedos vació mis palabras. Sonreí, de nuevo con torpeza. Me aparté un paso, extendí el brazo hacia un lado y le cedí el camino. Y así, los tres juntos emprendimos la caminata en dirección al pilar central de Elmira, donde el destino, el mismo que me había quebrado y luego recompuesto de otra manera, que había dictado mi vida con tanta monotonía, vuelve a preparar su voz para hablar.
Afatali habló de algo que nunca ha mencionado antes.
—Siempre quise tener un hermano —dijo para sí misma.
La frase me tomó por sorpresa. Rara vez se permite mostrar sus emociones o aquello que la mueve por dentro. Supuse que la mañana lo exigía, al final es el día en que se decidirá el resto de la vida de Gozemi. Él la observó con interés inmediato, atento, como siempre que ella separa sus labios para decir algo. Intenté no reaccionar y mantuve la vista al frente.
—¿Hermano? —preguntó él, sonriendo—. ¿De verdad?
—O hermana —añadió ella, encogiéndose de hombros—. A veces siento que quizá lo tuve, pero… aquí nunca vamos a saberlo.
Goz asintió con la misma facilidad que lo acompaña en todo. Lo envidio más de lo que me atrevo a reconocer. Ella siguió hablando, sin saber del nudo que se está formando en mi interior.
—Tal vez por eso me encariño rápido cuando veo a alguien que me recuerda algo familiar.
La frase entró a mis oídos con una delicadeza cruel. Ella continuó sin voltear atrás.
—Como tú, Goz. ¿Nunca te conté cómo fue que te vi la primera vez?
—No —respondió él, inclinándose un poco hacia ella, curioso.
Vi en Afatali una sonrisa pequeña.
—Estaba en el hospital, arreglando una ventana en el segundo piso. Había un problema con los marcos, nada urgente. Escuché unos golpes abajo, sonaba a un cubo de madera estrellándose una y otra vez contra el piso.
Goz frunció el ceño, parece querer adelantarse al final de la historia.
—Cuando me asomé —siguió— te vi corriendo. Tres niños más grandes iban detrás de ti tirándote piedras. Recuerdo una dándote directo en la espalda.
Goz inclinó la cabeza un instante, noté un tinte de vergüenza en su rostro.
—Tropecé… —murmuró.
Afatali asintió.
—Caíste de rodillas. Intentaste cubrirte el rostro, pero pude ver que estabas llorando. Así que solté un par de barras del andamio. Una golpeó a uno de ellos y eso bastó para que se olvidaran de ti.
Goz soltó una risa incrédula, como si escuchara la versión mecánica de un recuerdo orgánico.
—Yo solo recuerdo que dejaron de caer piedras.
—Rosana salió del hospital en cuanto la llamé —dijo ella—. Se los llevó a los tres, casi arrastrando al que se desmayó. Y tú… te veías tan indefenso.
Escucho todo desde un paso atrás, mientras ellos caminan juntos.
—Fue un buen día —dijo Goz, con su tranquilidad que le nace sin esfuerzo.
—Sí —respondió ella—. Desde entonces pensé que tal vez… no sé. Que podría ayudarte, enseñarte cosas.
No encuentro forma de sentirme parte de esa historia, ellos encajan uno con el otro con una naturalidad que yo no alcanzo con nadie. Cuando Afatali terminó el relato, volteó hacia mí, solo lo suficiente para asegurarse de que no me quedara atrás.
—¿Estás bien? —preguntó.
Asentí. Demasiado rápido, demasiado inseguro. Seguimos avanzando hacia el pilar central. Los tres juntos, pero en su familiaridad no parece haber espacio para mí.
How was this chapter?
Only Mauricio Amione can see what you send; it will be anonymous.