Skribee
El Híbrido

Rrafi

by Mauricio Amione

Descamar el pez es un tormento por sí solo. Las placas son tan duras que tengo que usar el cuchillo como un cincel, después meterlo entre las juntas de la coraza y hacer palanca una y otra vez. Mi muñeca se escurrió en más de un intento y la hoja se fue contra mi piel; terminé con un par de cortes pequeños en la mano. Las heridas las siento de manera tan indiferente que solo son un costo más a pagar por conseguir algo.

Logré abrir un costado, pareciera que levanté una tapa de los barriles donde almacenábamos semillas. Debajo, encontré carne firme de color blanco, el olor es intenso pero no desagradable. A pesar de su tamaño, la carne es idéntica a la de cualquier pez de Elmira, aunque aquí se siente más densa, llena de huesos y con una piel dura en lugar de brillante y resbalosa.

Encendí un fuego pequeño con el pedernal, hojas secas y palos pequeños. Armé una especie de rejilla con ramas verdes sobre las piedras y coloqué encima tiras de carne para asarlas. No tengo sal, ni hierbas, ni nada que Silvia consideraría aceptable para cocinar. Solo hambre, el tipo que no necesita detalles.

El primer bocado ansioso me quemó la lengua, solté aire entre los dientes y esperé lo que sentí fueron días mientras el olor me tortura. Soplé sobre el pez y lo volví a morder. La textura es fibrosa, pero al masticar apareció algo muy parecido al placer, el calor que entró a mi estómago empezó a extenderse hasta mis extremidades. Mi abdomen lo agradeció dejando mi mente en blanco. Comí despacio, hasta que recordé que vengo de días escasos.

Imité lo poco que había visto hacer a otros, pegando recuerdos sobre un presente que me da vida con sus pedazos. El resto de la carne lo corté en tiras delgadas y las colgué en ramas altas, sobre el fuego apagado, para que el aire y el humo las endurezcan.

Cada tanto mi mente se desvía hacia el árbol donde había pasado mis noches. El hueco bajo las raíces sigue lleno de recuerdos que no quiero seguir alimentando. Pero cuando la luz empezó a huir, me quedé sin opciones. Me prometí que solo sería por esa noche, solo una más, como una frase cómoda. Entré al hueco de nuevo, acomodándome entre las raíces. Esta vez la voz llegó en cuanto el cielo se oscureció por completo.

—Patético.

Sonó tan cerca de mi oído que estuve a punto de voltear la cabeza para ver quién respira junto a mí, este lugar parece darle fuerza.

—Cállate —ordené por dentro, con un vigor nuevo por el calor de mi pesca.

—¿Crees que esto cambia algo? Sigues escondiéndote en el mismo lugar.

—Sigo vivo —respondió mi voz, poco acostumbrada a levantar la cabeza.

—¿Vivo para qué? No tienes hogar, ni con quién hablar. Por eso estoy aquí, ¿no? Silvia está muerta. Jopan está muerto. Afa—

—¡Cállate! —grité sin hacer ruido, mordiéndome el antebrazo para no dejar salir mi voz.

La risa que llegó después sonó hecha de cuchillas rozando un pedazo de cobre.

—¿Me callas porque tienes miedo de saber quién eres? Bueno para dibujar, pero no para ayudar a otros.

—No es verdad —me defendí, en un suspiro mental.

—¿No? ¿Dónde estabas cuando Goz intentó retroceder hacia ti? ¿Cuando pidió tu ayuda y lo ignoraste?

No sé si mi memoria está jugando conmigo, pero ahora me ha soltado algo nuevo, la imagen de Goz dando un paso para atrás. Esta vez no se quedó callado cuando el hombre se acercó a él, exclamó mi nombre y luego lo exclamó una vez más.

—¿Estás seguro de haber escuchado un grito desde la casa de Anisa? Sabes que está muy alejada como para que llegara hasta ti. ¿Estás seguro de haber visto alguna criatura? Sal y compruébalo.

Cada frase suplanta la historia en mi interior. El aire empezó a quedarse corto. Ningún susurro llegó a buscarme.

—Cállate —pensé, pero mi voz sonó como un niño llorando bajo una mesa de la Academia.

—No puedes callarme porque quieres escucharme —continuó.

Algo sepultado por la culpa y descubierto por el cansancio de escuchar esa voz me hizo querer refutarlo.

—Tú no sabes quién soy —contesté, esta vez con mi boca, sin miedo al ruido que causó en el exterior.

La voz se detuvo un instante, sorprendida.

—¿No lo sé? ¿Quién crees que te ha acompañado toda tu vida? —preguntó más lento, con curiosidad.

La oscuridad del hueco pareció contraerse alrededor de mis costados, la voz comienza a cansarme.

—Dime entonces, ¿qué soy?

La pregunta es un eco atrapado entre las raíces. Y, sin saber de dónde salió, acostumbrado a hacerlo para lo que no conozco, lo nombré:

—Rrafi.

El silencio que llegó no trae calma, tensión pura llenó el espacio en lo que espero su respuesta.

—Rrafi —repitió la voz, saboreando el nombre—. Qué conveniente… Gracias, Nafir.

Me encogí más dentro del hueco, mi corazón late tan fuerte que parece querer romper mi piel y caer al suelo frente a mí. Él respondió con un tono íntimo.

—Soy lo que sobra de ti cuando ya no queda nadie.

Volvió a reír. Quise gritarle que ya lo sé, que no necesito que lo repita, pero las palabras se quedaron atrapadas. Mi voz habló de nuevo, intentando sofocarlo con las frases que restaron de mi logro anterior.

—Estoy vivo.

Rrafi escupió su siguiente ataque.

—De seguro Afatali también gritó por su héroe, como Goz.

Cada frase es una lanza arrojada dentro de mi escondite. Sin espacio para esquivarlas. Entre todos esos ataques tomé una resolución final: no sé qué hay más allá de este bosque, ni cuánto tiempo voy a seguir vivo. Pero quedarme aquí… quedarme aquí es lo único que reconozco como muerte. Rrafi respondió de inmediato.

—Entonces muere.

—Entonces camino —dije al mismo tiempo.

La palabra quedó flotando dentro de mí. Caminar, lejos de Elmira, del refugio derrumbado, de todo lo que soy, para que los susurros dejen de existir. Dormí esa noche con la decisión formada.

Al primer cambio de luz salí del hueco por última vez. Mis músculos y huesos duelen, pero ya no más que mi mente. Recogí las tiras de carne seca del pez acorazado y las acomodé en la mochila de piel. La cerré, la ajusté sobre mis hombros y le regalé una última mirada al montón de ramas aplastadas que fueron mi refugio.

Llené ambas cantimploras en el río, la de Goz siempre primero. Procuré no acercarme a sus profundidades por si quedan más sombras armadas bajo el agua. Rrafi susurró, pegado a la parte más cansada de mi pensamiento.

—¿A dónde vamos?

No respondí. Puse un pie adelante, luego el otro. Sin un destino fijo ni la promesa de que existe algo mejor que este lugar lleno de voces. Solo tengo claro que no puedo seguir detenido en el mismo sitio donde veo a todos morir dentro de mi cabeza.

Así que empecé a caminar, sin el domo que ya no protege, ni el árbol que guarda memorias. Lejos del refugio camuflado y el río que casi me mata y al mismo tiempo da vida. Rrafi sigue conmigo, pegado a la parte de atrás de mi cabeza. Y aunque sé que no puedo huir de él, una parte de mí espera que, si avanzo lo suficiente, sus palabras empiecen a deteriorarse. Tal vez me dirijo hacia la muerte o hacia algo peor. Pero esta vez mis pasos van hacia un lugar, no escapando de uno.