La Cueva
by Mauricio Amione
Después del encuentro con el pez, veo el bosque más peligroso, cada tronco parece querer caer sobre mí, cada ruido puede ser una bestia nueva. La luz se consume. Y ese reloj de arena me recuerda que, si no encuentro un refugio antes de que la oscuridad caiga, los susurros regresan sin nada que me proteja.
El camino frente a mí son raíces hundidas que se enredan con mis tobillos y me hacen tropezar, piedras que se zafan bajo mi peso, ramas bajas que golpean la cara y pequeñas veredas que suben y bajan sin fin. En algunas partes tengo que avanzar a ras de suelo, arrastrándome entre matorrales espinosos que se niegan a dejarme pasar. En otros tramos me toca trepar pendientes inclinadas donde me vi obligado a utilizar las manos para subir mientras la tierra se desmorona bajo mis botas, haciendo de cada intento un retroceso. Me detuve muchas veces para escuchar. El ruido del arroyo queda lejos; en su lugar, el bosque es un laberinto de ruidos sin dueño.
—No vas a llegar a ninguna parte —murmuró Rrafi, la espina enterrada detrás de mis ojos.
—Un poco más —respondí hacia dentro.
—¿Cómo que un poco más? Es la séptima vez que lo dices.
Camino mientras él mantiene una cuenta precisa de mis errores. El cielo se tornó violeta, luego un azul oscuro. Las primeras estrellas aparecieron entre las ramas y copas de los árboles. El frío empezó a entrar por mi nuca y abrazó mi espalda. Justo cuando pensé que tendría que aceptar una noche a la intemperie, dos enormes rocas me presentaron otra alternativa, una entrada, una cueva.
La oscuridad allí adentro puede almacenar a cualquier animal. Crucé haciendo a un lado el polvo que levantaron mis pies. El ambiente tiene un olor misterioso, una aleación desconocida y algo quemado. Avancé unos pasos más y el sonido de la tierra cambió. Escuché un golpe metálico que retumbó en las paredes.
Hay una lámina en el suelo, sin remaches visibles. Pasé mis dedos por su textura lisa. Es del mismo tipo que a veces aparecía en las cuevas y túneles de Elmira. Jopan siempre ansiaba encontrar una pieza entera, exclamaba que con una sola podría construir cosas que nadie había visto. Pero esto… esto es otra cosa.
El interior está repleto de tesoros. Tubos gruesos, barras negras, placas curvas unidas por cintas metálicas. Todo se extiende alrededor de un esqueleto mecánico gigantesco inclinado contra una pared. Un cascarón enorme en forma de cuna y abierto por un costado, detenido en una postura que sugiere una colisión con algo. Una parte de la estructura se encuentra enterrada.
Si Jopan hubiera visto esto, si lo hubiera tocado. Lo pude imaginar entre las piezas con los ojos llenos de fuego y los ecos de sus preguntas sin parar: ¿De dónde viene? ¿Quién lo creó? ¿Qué puede dar forma a algo así? Puedo escuchar su maravilla como si estuviera al lado de Rrafi.
Entre los restos del interior, encontré algo que me cortó la respiración. Una tableta delgada, negra como una de las piedras del río, con una superficie lisa. Se parece tanto al recuadro luminoso que Anisa leía en la selección.
Regresó el olor a la columna central, el barullo de la gente, la luz blanca, la voz firme de Anisa. Y luego la frase que destruyó todo lo que quería ser. “Nafir, granjero”. Rrafi habló despacio, acariciando cada sílaba.
—Siempre quisiste una, ¿no? Runas. Una vida distinta, una que no fue para ti.
Mis manos arden.
—Tócala —insistió—. Imagínate siendo alguien especial.
La levanté y sostuve. En la superficie negra apareció mi reflejo, deformado por la oscuridad y por el desconocimiento de mi propio rostro. Delgado, hambriento, asustado y cortado. Una posesión desbordante se apoderó de mí. Una ira guardada desde el día de la selección, cuando aprendí a tragar todo, cuando decidí no hacer algo porque “no servía de nada”. Dejé caer la tableta contra una roca. Una vez.
—No.
Otra.
—No.
Con un grito lleno de odio.
—¡No!
El vidrio se quebró. El borde metálico se dobló y la estructura se abrió mostrando su interior vacío, igual que el mío.
—¡Sigue, Nafir! —gritó Rrafi, excitado—. Destrúyela igual que todo lo que has tenido.
Golpeé una vez más, ahora con el puño. Mi piel se abrió. La sangre corrió sobre la superficie destrozada. Respiré con dificultad, el aire entra y sale de mis pulmones de manera punzante. Las lágrimas llegaron después, un sollozo frustrado. Abracé mis brazos, temblando con asco. De mí, de mi debilidad, de mi rabia y de mi incapacidad para hacer algo distinto a esto.
El eco del bosque más allá de mi gruta me recordó algo simple: la oscuridad. El frío ya no es solo interno. Reconocí el peligro que se avecina. Limpié mi sangre con la manga y un poco de agua. Rebusqué en la mochila. Saqué una hoja de fuego, la mordí y la savia adormeció mi lengua. Froté el jugo sobre mi puño izquierdo. El dolor se retiró de manera lenta.
—Desperdicias agua para un golpe que tú mismo te diste —dijo Rrafi mientras lavo la herida—. Necesitas ser más eficiente.
Guardé la cantimplora. El miedo de la noche está sobre mí. Los susurros se arrastraron desde la entrada de la cueva, buscándome.
La estructura metálica tiene la apariencia de un vientre inmenso, la carcasa muerta de una criatura de metal mostrando sus costillas con orgullo. El interior es un laberinto de tornillos, hilos gruesos y láminas roídas. Me acerqué con cuidado. En la superficie observo agujeros, algunos circulares, otros irregulares. Los bordes están corroídos, mordidos con calma. Reconozco el patrón, hormigas limpiadoras. Devoraron partes enteras del artefacto.
Entre la destrucción encontré una pieza especial. Algo mejor que un trozo de piedra afilada. Una hoja metálica plana, del tamaño de mi antebrazo, con un borde astillado y otro ligeramente curvo, lo bastante sólida para funcionar como una cuchilla. La levanté hacia la poca luz y pude ver el punto donde estuvo unida a otra pieza, un agujero que puede abrazar un palo resistente, algo que puedo utilizar para formar una lanza mejor que la anterior. Y no está sola. Entre los restos aparecieron otras dos placas más pequeñas, cada una lo bastante firme para convertirse en puntas de reemplazo si la primera falla. Nada de improvisaciones como la que usé contra el pez. Extendí el brazo para tomarlas, pero dudé y la presencia pegada a la parte más blanda de mis pensamientos bostezó.
—No se va a parecer en nada a la de ella —dijo.
Nunca le he hablado de aquella lanza.
—¿Cómo sabes eso…? —pregunté hacia dentro.
—Porque soy tú —contestó de manera incrédula a mi ignorancia.
—¿Tú…? —susurré, llevándome la palma a la frente.
Las palabras no llegaron a mí, no sé qué falta. ¿“No eres real”? ¿“No eres mi voz”? ¿“No eres yo”? Todas se sienten absurdas en cuanto las pienso. De inmediato quise negarlo. Pero mi voz interna, más herida, se limitó a encogerse. No habló esta vez. Por ahora basta con no examinar demasiado este sentimiento.
Tomé las piezas y las guardé con cuidado en la mochila. Cerca de los tubos noté movimiento, un insecto del tamaño de mi bota, con un caparazón duro y segmentado. Me recuerda a un isópodo gigante, de coloración gris azulada, con antenas cortas y ojos negros. Había visto algo similar cerca de los canales de Elmira, pero nunca tan grande.
Cuando lo empujé con un palo, se enrolló sobre sí mismo. Lo acerqué hasta tenerlo a mi alcance y lo tomé. Su interior, por el olor, parece comestible. La carne del pez seca es mi reserva, si tengo alimento frente a mí no puedo rechazarlo. Lo maté con una presión firme de los dedos y sus decenas de patas se retorcieron. Bajé la náusea con el peso del hambre y abrí el caparazón. La carne blanda brilló con un tono azul brillante, probé un poco con precaución. Es buena, mucho mejor que cualquier insecto. Incluso más sabrosa que la del pez, a pesar de estar cubierta con las especias del logro. Tiene un sabor salado, con un fondo dulce, como carne de río concentrada. Me lo comí entero con los dedos queriendo encontrar más.
Cuando terminé y solo quedó el caparazón vacío, lo revisé. Es duro, resistente y cóncavo. Si lo limpio puede servir para recolectar agua del arroyo o para calentar algo sobre fuego. Guardé ese y busqué más entre las sombras. Es la primera vez en muchos días que recibo una sorpresa ligeramente a mi favor sin tener que arrancársela a algo.
Guardé tres caparazones en la mochila y me introduje en el casco metálico, usando mi almohada improvisada. El frío se siente peor aquí adentro. Ingresa entre las costuras de mi ropa hasta llegar a mis huesos. Me acurruqué, intenté vaciar mis pensamientos, pero la noche se rehusó a quedarse quieta.
Entre los árboles, más allá de la entrada de la cueva, llegó un sonido. Un “sshh” que imita las hojas en movimiento con el viento. Después otro, más largo.
—Ssshhh.
Suenan más suaves que en noches anteriores, lejanos y adormecidos por la barrera de metal y roca que existe entre el bosque y mis oídos. Rrafi no quiere hablar esta noche, solo respira conmigo, juzgándome con curiosidad.
Cuando el calor del siguiente día regresó, salí. El aire, ahora más helado, no se despegó de mi cara, recordándome que cada día del solsticio llega más helado que el anterior. Con la pedacería para la lanza improvisada sobre mi hombro, la mochila cargada y los caparazones de isópodo chocando entre sí con un sonido hueco, seguí avanzando a cualquier lugar que no fuera hacia atrás. Escuché la armonía de las hojas crujiendo bajo mis piernas y la mañana silenciosa me llenó de paz al confirmar la posibilidad de vivir sin tener que retomar el pasado.
Después de un tramo incierto, la tierra, que antes era un desorden de raíces y piedras sueltas, empezó a hacerse pareja. Sobre el camino, encontré una roca tallada, con una forma recta, colocada con propósito. Me agaché, la limpié con mis dedos y descubrí en ella un borde biselado. Es parte de un camino, uno construido.
En mi paso encontré más formas talladas. Al poco tiempo pude distinguir el trazado completo, dos hileras de piedras semienterradas marcaron un sendero consumido por el follaje. Mi estómago cayó. Un camino significa gente, o que alguna vez hubo gente. Y aunque no sé cuál de las dos posibilidades es más inquietante, lo seguí.
El sendero empezó a descender, suave al principio, luego con una bajada que requiere cuidado. Al llegar al borde de una vereda natural aparté unas ramas y vi algo para lo que mis ojos no estaban preparados. Un par de casas rodeadas por un muro sin techo, algo enorme en medio del valle.
El muro perimetral de piedra rodea toda la estructura, cubierto de enredaderas y musgo, la naturaleza lleva solsticios intentando reclamarlo. La entrada principal es una compuerta elevada, con una abertura en la parte inferior. Su material es de un metal negro y oxidado, del tipo que conozco únicamente por restos enterrados y hallazgos en cuevas dentro de Elmira. No tengo idea de cómo funciona, pero tengo la certeza de que, con el ingenio suficiente, puedo moverla y cubrir la entrada por completo.
El lugar tiene tres edificaciones internas. Dos pequeñas y una mayor, con una torre que se alza hacia el cielo gris como una rama negra irregular. Todo responde a un estilo que me resulta familiar y ajeno al mismo tiempo. Ángulos agudos, ventanas estrechas, estructuras hechas de piedra y fierro. Una versión rudimentaria y a su vez más adelantada que el pilar de Elmira, como si este lugar hubiera existido mucho antes de todo lo que involucra mi conocimiento.
Me acerqué lo necesario para distinguir mejor las formas desde lejos y algo me detuvo. En la puerta del edificio más pequeño, sobre el marco, hay una línea roja, una franja gruesa. Las mejillas del hombre que degolló a Goz. Tiene el mismo tono inolvidable, el mismo mensaje sin palabras. Retrocedí un paso y mis dedos se encorvaron alrededor de mi cuchillo. Parpadeé varias veces. Este lugar cubierto de polvo, telarañas y enredaderas secas aparenta estar abandonado, carente de vida. La marca debe ser vieja también, eso me dice la razón. Pero la imagen de Goz cayendo, su sangre deslizándose por el suelo, no obedece a ninguna lógica.
Calmé mi respiración. Tengo que asegurarme de que el fuerte esté vacío antes de acercarme más. Pasé varios momentos observando desde la distancia, escondido entre los árboles. Nada se mueve, ninguna silueta, ningún sonido. Con cautela avancé por el sendero con el cuchillo preparado. Al llegar al muro apoyé mis dedos sobre las piedras. El musgo se deshace con facilidad y me dejó ver un tallado que forma un sello o símbolo circular que no he visto nunca.
La puerta metálica impone desde cerca. Está elevada unos cuarenta o cincuenta centímetros sobre el suelo, alguien la había dejado suspendida sobre el piso. No parece que pueda empujarse ni abrirse hacia los lados. Tiene ranuras cuadriculadas y, a través de ellas, se alcanza a ver el patio. Vacío, excepto por un pozo de agua, cubierto de hiedra. Me acerqué en cuclillas y choqué el cuchillo por debajo, haciendo sonar la hoja contra el metal, tanteando el interior.
Nada. Respiré lentamente un par de veces, apoyé las palmas en la tierra y me arrastré por debajo, rasgando mi ropa al pasar. Me incorporé dentro del patio. La puerta, vista por dentro, es todavía más enorme y aparentemente pesada, hecha para resistir algo más que animales o ladrones. A la derecha, en la pared lateral del muro, hay un armazón metálico cubierto de telarañas. Un mecanismo con ruedas dentadas oxidadas y, a un costado, una palanca con el mango partido. De la rueda sale una cadena gruesa que sube hasta lo alto del muro, perdiéndose en una rendija. Me acerqué con precaución. Si esa cadena está unida a la puerta… Extendí la mano para apartar una telaraña. Apenas rocé una de las ruedas, algo cedió con un chasquido violento.
—No… no… —alcancé a decir, con la voz enlazándose en forma de un nudo.
La cadena crujió y empezó a moverse a toda velocidad. El sonido retumbó en el valle. El hierro cuadriculado, liberado de sus cadenas, cayó de golpe. El estruendo hizo vibrar el suelo. Hojas y polvo cayeron desde las cornisas.
Mis latidos salen por mis orejas. La entrada quedó completamente cerrada detrás de mí, sellando la salida. Si alguien, si algo, escuchó eso, no tardaría en llegar. Apreté el cuchillo con tanta fuerza que enterré mis uñas en la palma. Esperé. El silencio siguió siendo absoluto. No hay nadie, solo yo y paredes sólidas rodeándome. Mis rodillas cedieron y me dejé caer sentado en el suelo, con la espalda contra la entrada impenetrable. Y sin poder evitarlo, sin contenerlo más, dejé salir lágrimas de alivio al sentirme, aunque fuera por accidente, aunque fuera por un instante, a salvo. Encerrado entre muros, protegido por piedra que empezó a blanquearse en las orillas con escarcha. Encontré una sombra tenue de algo parecido a un hogar, uno pequeño, abandonado, muerto, pero mío, mientras que el peligro se encuentra afuera.
Pasé la mano por la pared del refugio. La inhalación forzada de mi nariz para contener la secreción de mi llanto rebotó en el patio de manera vergonzosa. No tengo que correr, no tengo que esconderme en agujeros pequeños, no tengo que soportar los susurros del bosque.
Me limpié la cara con el antebrazo, todavía débil, y me puse de pie lentamente. El pozo, las construcciones, el interior del fuerte, todo sigue esperando. Y aunque todavía no sé qué hacer con lo que estoy recibiendo, esta noche tendré techo. Tendré paredes y silencio. Silencio de verdad.
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